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Thianna

Parientes reunidos (Parte II)

Athareas no se sentía cómodo caminando por las grandes bóvedas. Estaba acostumbrado a los acogedores pasillos y salas de las Naves-Hogar, aunque en el fondo estas fuesen versiones reducidas de los mundos astronave. Tal vez fuese lo que sabía que le esperaba en la sala del Concilio. ¿O eran los propios miembros del Concilio los que le causaban esa inquietud?

Hacía milenios que entre los Ëaressi el número de psíquicos se había reducido tanto que los Videntes y Brujos habían perdido prácticamente todo su poder político. Sin embargo en estos momentos caminaba hacia la mayor y más poderosa reunión de psíquicos Eldar que existía en la Galaxia. El Concilio de Videntes de Ulthwé estaba formado por los Videntes más poderosos, influyentes y supuestamente sabios de toda su raza.

Athareas sabía que Eldrad, el más grande de todos ellos, no estaría presente, ya que estaba muerto, pero entre aquellos viejos decrépitos tenía que haber alguno que comprendiese, al igual que Eldrad, el punto de vista de los Ëaressi. Comprender al menos, que no aprobar, porque Eldrad no compartía sus principios, pero al menos los respetaba. Sonrió dentro de su casco. Él también era un viejo, aunque no decrépito.

Con ese irónico sentimiento llegó a las puertas del Gran Salón del Concilio, en el corazón de Ulthwé. El grupo de Vengadores Implacables que custodiaban la entrada se tensaron al verle. Athareas sabía que le consideraban un paria, un mediocre reflejo de lo que ellos creían ser. Para ellos no era más que un simple vagabundo que se atrevía a disfrazarse con el atuendo del Templo de Vengadores Implacables. Una copia barata de un Guerrero Especialista.

Pero poco le importaba a Athareas que les molestase su presencia o su atuendo. Es más, sentía orgullo al pensar que los Guardianes Ëaressi, sin apenas psíquicos y guerreros especialistas, hubiesen alcanzado la habilidad de estos. Se habían adaptado, que era más de lo que se podía decir de sus Hermanos, anclados en sus tradiciones y creencias desde La Caída. Los Ëaressi no trataban de cambiar el universo a su alrededor ni de manipularlo. Evolucionaban en él. El Universo les había dado la vida, y no al revés, así que ¿quienes eran ellos para manipularlo?.

Para su sorpresa, las grandes puertas no se abrieron. Frunció el ceño cuando dos guardias le indicaron una puerta lateral, algo más lejos. Había pedido audiencia con el Concilio. ¿A dónde le llevaban? Uno de los Vengadores le indicó que pasara. Su escolta se adelantó.

- Sólo él - dijo el exarca Vengador, deteniendo a la escolta de Athareas, que se detuvo nerviosa, mirando a su jefe.

Athareas hizo un ademán a la escuadra para que esperasen. No iba a pasarle nada, o al menos eso suponía. Estaban entre Eldar, así que la escuadra de Guardianes Veteranos esperó en la puerta, junto a los Vengadores Implacables a los que emulaban. Athareas entró en la sala, acompañado por el exarca al mando de la guardia de la puerta. La oscuridad reinante no le dejaba ver las dimensiones de la sala, pero obviamente no era el Gran Salón del Concilio.

- Descúbrete, Athareas de Thianna - La voz surgió de entre las sombras, con un tono ligeramente sarcástico, como si considerase su nombre una broma o un chiste.

Athareas no se movió. Trataba de determinar el origen de la voz, pero la oscuridad era algo más que ausencia de luz. El visor de su casco, que normalmente le permitiría ver en la oscuridad, era incapaz de atravesar el velo de sombras que le rodeaba. Ni siquiera veía al exarca que le había acompañado, aunque sintiese su presencia, cerca de la puerta.

- He venido a hablar con el Concilio - dijo ignorando la orden de la voz.

- El Concilio tiene otras preocupaciones y no puede ser molestado - la voz ahora denotaba disgusto y un atisbo de ira contenida - Descúbrete.

Lentamente Athareas se quitó el casco, sujetándolo bajo el brazo. Con visor o sin él, seguía sin ver a su interlocutor.

- Ahora descubrios Vos - Athareas usó un tono autoritario, aunque lo bastante suave como para que no se interpretase como una orden directa. Un leve cuchicheo le indicó la posición aproximada de la voz. A su espalda el exarca se puso tenso.

Una ligera luz, saliendo del techo, iluminó a una figura sentada ante Athareas. El atuendo era el de un vidente. Dos brujos lo acompañaban, también sentados. Todos llevaban yelmo.

- ¿Por qué no he sido recibido por el Concilio? - Athareas tomó la iniciativa.

- Ya te he dicho que el Concilio está ocupado. Hablarás conmigo - La voz, que procedía del Vidente. Athareas seguía notando la ira contenida.

- He venido a hablar con el Concilio. No tengo nada que deciros a Vos - Las órdenes de Sayëan eran claras.

- ¡Guardian! ¡Estás ante un Gran Vidente de Ulthwé! ¡Muestra más respeto! - Uno de los brujos se había levantado, dando un golpe sobre la mesa con la mano. El Vidente ladeó ligeramente la cabeza y el Brujo se sentó, disgustado. Seguramente habría sido el mismo que había cuchicheado antes.

- Y Vos estáis ante un Capitán de los Ëaressi que ha solicitado audiencia ante el Concilio. Sin embargo me habéis hecho traer aquí por un motivo que desconozco - el tono de Athareas era desafiante - Mi mensaje es para el Concilio.

- Dadme a mi ese mensaje - El Vidente estaba usando ahora un tono más suave, como si tratase sutilmente de convencer a Athareas.

- No - respondió simplemente Athareas.

- Soy miembro del Concilio. ¿Acaso no puedo escuchar ese mensaje?

- Sólo ante el resto del Concilio - "No podemos evitar que lo escuchen los oidos equivocados, pero al menos haremos que lo escuchen también los correctos" había dicho Sayëan. Incluso sentado y con el yelmo puesto era evidente que la paciencia del Vidente se estaba agotando.

- ¿Dónde está tu Señor, ese...? - El Vidente pareció consultar con los Brujos - ¿...ese 'Kano Ëaressi'? - Pronunció el nombre con desprecio contenido.

- El mensaje lo aclarará - Athareas sabía que el Vidente trataba de rodear su negativa a hablar con él a solas.

- Si tan importante es el mensaje, ¿por qué no lo trae él mismo? - El Brujo había vuelto a hablar. Esta vez el Vidente no le detuvo. - ¿Es que tu 'Kano Ëaressi' es tan importante como para no tener que hablar directamente con el Gran Concilio y enviar un subordinado?

Allí estaba. Siempre la misma actitud. Los Videntes no podían hablar con otro líder que no fuese un igual, y por supuesto no consideraban a Sayëan ni a sus antecesores como un igual. Y mucho menos a uno de sus subordinados. Por eso no le permitían hablar ante el Concilio. Sería dar una legitimidad al Kano Ëaressi que nunca admitirían. Un no-vidente no podía gobernar a ningún Eldar. Al menos Eldrad escuchaba. Athareas bajó la mirada ligeramente, decepcionado.

- El Concilio no tiene nada que escuchar de un... renegado - dijo el Brujo escupiendo la última palabra.

- Entonces ¿esa es la respuesta del Concilio? - Athareas reprimió su ira.

El Vidente asintió ligeramente, juntando los dedos de las manos. "Bien, entonces lo haremos solos... como siempre", pensó Athareas mientras se ponía el casco. Sólo le quedaba algo por hacer.

- Si esa es vuestra última palabra entonces mi viaje ha sido en vano - dijo con obvia decepción. Giró sobre sus talones y dio varios pasos hacia la puerta, pero se detuvo. El exarca Vengador estaba plantado ante ella, bloqueándola. Athareas esperó.

- Déjale ir - Athareas notó la condescendencia en la voz del Vidente, a su espalda. El exarca se apartó y la puerta se abrió con un siseo. Athareas salió sin decir nada, pero se detuvo de nuevo, bloqueando a su vez el paso del exarca. Girando levemente la cabeza, habló con voz clara por sobre su hombro.

- Sin embargo, hay una parte del mensaje que sí podéis oir - Incluso de espaldas notó como el Vidente se tensaba en su asiento. Con la puerta abierta cualquiera podría oirlo, pero Athareas estaba un paso fuera de la sala y no podrían evitar que les escuchasen otros.

- ¿Cual? Habla - esta vez el Vidente no reprimió su impaciencia.

- Los Humanos han encontrado otro Talismán de Vaul - dijo sin la menor inflexión en la voz - Y los Necrontyr y el Saqueador lo saben - había alzado la voz lo suficiente como para que los Vengadores que esperaban en el pasillo le escuchasen.

Parientes reunidos

Era la primera vez en milenios que actuaban abiertamente. Al mismo tiempo que el Puño de Vaul en el sistema de Cadia, La Esperanza de Lileath y el Corazón de Isha emergieron con su escolta desde la Telaraña. Las dos enormes Naves-Hogar de los Ëaressi dejaron que dos de los cuatro cruceros y varias de las fragatas que las rodeaban avanzasen cautelosamente delante de ellas. No esperaban un enfrentamiento, pero el Capitán Athareas no quería sorpresas.

El Viejo Capitán de Guardianes, mentor y amigo del Kano Ëaressi, observó el espacio desde el mirador principal de La Esperanza, en el Jardín del Silencio. Aún estaban demasiado lejos para ver nada a simple vista, ya que prefería que fuesen detectados e identificados con tiempo. Eso evitaría problemas.

- ¿Y las naves de Jeriah? - preguntó a un subordinado sin dejar de mirar a través del mirador.

- Partieron en cuanto salimos de la Telaraña, Señor... - dudó un momento - ¿Enviamos ya la señal? - el subordinado, un joven guardian, parecía nervioso.

- Seguramente ya sabrán que estamos aquí pero... - Athareas se volvió hacia su subordinado - Sí, enviadla. No quiero que nos consideren unos maleducados - El subordinado susurró algo a través del microtransmisor que llevaba en la mano.

- La señal ha sido enviada - seguía habiendo dudas en la voz del joven guardian.

- Tranquilízate. Seguramente nos esperan. No hay nada que temer - dijo el Viejo Guardian para tranquilizarlo.

- ¿Y si ellos también...? - el guardian no acabó la frase.

- ¿Ellos? No te preocupes - Athareas miró al joven - Lord Eldrad apreciaba al Kano Sayëan y no... - frunció el ceño. El joven guardian miraba fijamente hacia el gran ventanal que daba al espacio, tras Athareas. Sus ojos mostraban miedo. Athareas se giró.

Decenas de naves, incluidos varios grandes cruceros, aparecieron de la nada, en una obvia actitud hostil. Las estilizadas formas tomaban posiciones alrededor de la flota Ëaressi. Superaban ampliamente a la escolta de las dos Naves-Hogar.

- Abre un canal - dijo con firmeza el Viejo Guardián. El joven subordinado tecleó tembloroso en el pequeño teclado que llevaba unido a la muñeca. Un suave pitido en el oido de Athareas le indicó que podía hablar. Se ajustó el micrófono con calma y cogió aire.

- Saludos - empezó con tono tranquilo - Soy Athareas de Thianna, Capitán de los Ëaressi Falakiri. Solicito audiencia con el Concilio. - esperó. La respuesta no tardó en llegar, y la gigantesca mole de Ulthwé fue ocupando poco a poco todo el ventanal.

El Puño de Vaul

El plan seguía su curso. Las fragatas activaron sus sistemas de ocultación y desaparecieron de los sensores del Regos. A partir de ahora las fragatas serían invisibles para los Humanos y, al menos eso esperaba Sayëan, para las fuerzas del Caos. Sin embargo, en previsión de sorpresas desagradables, la segunda parte de su plan se pondría en marcha en breve.

- Kano, el Puño de Vaul está a punto de llegar - dijo el oficial de comunicaciones.

Sayëan se acercó al puesto del oficial de sensores y observó las runas en pantalla. Seamus se llevaría un buen susto. Sonrió ligeramente pensando en la cara que pondría su amigo.

- Entrada en... - el oficial volvió a hablar - ...3... ...2... ...1...

La pantalla principal del puesto de sensores mostró lo mismo que en estos momentos estarían percibiendo los augures del Regos, y con suerte, los de todas las naves imperiales y del Caos por todo el sistema.

El Puño de Vaul y su escolta emergieron desde la Telaraña, descarados y desafiantes. El crucero, no tan grande como sus contrapartidas humanas pero aun así imponente, cruzó el Espejo licuando el vacio a su alrededor. Las ondas producidas por el agujero en el tejido del espacio real se extendieron instantánemente por todo el sistema, aunque el resto de señales tuviesen que conformarse con viajar a la velocidad de la luz.

Por todas partes las alarmas saltaron avisando que algo había entrado en el espacio real. Las armas se cargaron, los sensores giraron para encarar al nuevo intruso, y los monstruosos motores de las naves, tanto imperiales como caóticas, las impulsaron para reordenar sus posiciones. En el Regos, Seamus Fansworth, aunque sorprendido en un principio, tardó apenas unos segundos en comprender lo que pasaba, y sonrió para sus adentros.

Durante varias horas el Puño de Vaul avanzó sin tratar de ocultarse a todo aquel que quiso observarle, dando tiempo a que los interesados en su presencia se acercasen. Sayëan siguió su avance y el de los perseguidores desde el puesto de sensores de la fragata mientras esta y sus dos acompañantes avanzaban a toda máquina hacia Cadia protegidos por sus sistemas de ocultación. La distracción estaba funcionando. Incluso mejor de lo esperado.

Cerca de Cadia un escuadrón de la Flota Imperial aprovechó la distracción de las fuerzas del Caos que acosaban el planeta para lanzar un contraataque, destruyendo un crucero pesado, parte de sus escuadrones de escolta y permitiendo que varios convoyes de ayuda descendiesen sobre la asediada superficie. En Kars Galedon agradecerían los primeros suministros que recibirían en meses.

El Puño de Vaul trabó contacto con las fuerzas del Caos cuando las fragatas de Sayëan ya tenían a la vista la superficie de Cadia. El Puño tenía órdenes de distraer tantas fuerzas navales como le fuese posible, de cualquiera de los dos bandos. Su objetivo secundario era aliviar, aunque fuese ligeramente, la presión sobre las fuerzas de Cadia. Sayëan y el capitán del Puño sabían que eso no supondría demasiada diferencia en el enfrentamiento. Una sola nave de guerra no iba a inclinar la balanza del lado Imperial, aunque a Sayëan le hubiese gustado que sí, pero de algo serviría.

De todos modos, el objetivo principal ya estaba casi cumplido. Sin oposición ni ser descubiertas las fragatas se acercaron a la atmósfera de Cadia y soltaron su carga. A continuación se alejaron a toda máquina tras avisar al Puño de Vaul de que, como hubiese dicho Seamus, el paquete había sido entregado.

Nada más salir de las bodegas de las fragatas los Transportes Rompedores realizaron un pequeño salto desde la alta atmósfera del planeta hasta unas decenas de metros de la superficie. En las pantallas del sistema de defensa cadiano y de las naves circundantes sólo apareció un leve destello que los pocos técnicos que lo llegaron a observar clasificaron como un eco fantasma.

En el espacio, el Puño de Vaul destruyó un crucero del Caos y dañó gravemente un acorazado antes de recibir la señal de las fragatas. Su capitán ordenó mantener la posición durante unos minutos más, dando tiempo a las fuerzas imperiales a aprovecharse de la situación. Cuando los escuadrones imperiales se acercaron para rematar al acorazado el Puño de Vaul viró y saltó de nuevo hacia la Telaraña. Su capitán supuso que los imperiales les considerarían unos cobardes por huir, pero tenía la esperanza de que alguno de ellos pensase "Al menos nos han echado una mano". Quien sabe, tal vez el Puño de Vaul volviese algún día para ofrecer su ayuda a Cadia.

En el límite del sistema, el Regos permaneció oculto un poco más, esperando algún indicio más de actividad. Al cabo de unas horas Seamus condujo su nave de nuevo al espacio disforme para encaminarse a un sistema más seguro, no sin antes desear silenciosamente suerte a su amigo Eldar. Sin embargo decidió que no se alejaría demasiado. Tal vez sus servicios fuesen requeridos de nuevo.

En Cadia, desde las portillas del transporte de mando Sayëan observó la devastada superficie mientras se dirigían a toda velocidad en vuelo rasante hacia su objetivo. Ahora empezaba la parte difícil.

Cambio de opinión

M'Yen no volvería a llamar "aburrido" al Shas'El. Aún estaba aturdido, pero al menos inconscientemente ya había decidido que a pesar de los tediosos meses de viaje pasados con el militar, este no era tan monótono y previsible como le había parecido hasta el momento. Ahora veía al Shas'El de otro modo, y la imagen que tenía ante si probablemente no se borraría jamás de su mente.

El Shas'El estaba en el centro del claro donde habían aterrizado. La afilada hoja de titanio que se extendía por el brazo derecho de la armadura aún goteaba sangre. A sus pies, o mejor dicho a su alrededor, estaban los restos del reptil. Estaba cosido por los impactos, con una horrible herida quemada en un costado que había sido causada por el arma de fusión que el Shas'El portaba en el brazo izquierdo. Pero lo que más sorprendía a M'Yen era el corte del cuello.

El enorme tajo empezaba sobre un ojo de la bestia, y bajaba por un lado de la cabeza hasta la garganta. La herida en si no era tan horrenda como la quemadura de fusión, pero M'Yen había visto cómo el Shas'El había atacado con su hoja. Un salto con los jets de la armadura, un giro en el aire, y la criatura se detuvo, como si su cerebro tratase de reaccionar sin éxito. Segundos más tarde la bestia había caido de costado, con el Shas'El a su lado dándole la espalda como si no dudase en absoluto del resultado del ataque.

M'Yen comprendía ahora por qué el Comandante Farsight tenía tanta estima al Shas'El. Había visto combatir a Farsight, y era obvio que el Shas'El seguía las inusuales enseñanzas de su comandante. Puede que la hoja del Shas'El no fuese tan arcana y misteriosa como el arma de Farsight, pero era lo mejor que los miembros de la Casta de la Tierra habían podido crear siguiendo su ejemplo.

Incluso para un excéntrico como M'Yen la extraña manera de combatir de Farsight y sus seguidores, contraviniendo las tradiciones Tau que evitaban en combate cuerpo a cuerpo, se le antojaba salvaje y sorprendente. Todo un shock para alguien dedicado a la negociación y el comercio. Pero era tremendamente efectiva.

Cuando la bestia atacó, M'Yen fue arrastrado a un transporte para protegerle, pero después del aturdimiento inicial había podido contemplar la reacción de los soldados del Shas'El. Sorprendidos inicialmente por el brutal e inesperado ataque, apenas tardaron unos segundos en reaccionar, apartándose de la bestia ya que sabían que no eran rivales para su fuerza bruta.

Disciplinada y ordenadamente, en apenas segundos, habían formado un cinturón protector alrededor de los transportes, y del propio M'Yen, hostigando a la bestia para distraer su atención y que no se concentrase en un blanco concreto. Acribillaron al animal con sus armas, pero la dura piel de este parecía reducir enormemente el daño causado por los soldados, y la criatura no cayó. El Cabezamartillo intervino, disparando su arma principal, pero los proyectiles de acelerador atravesaron a la criatura tan deprisa que no causaron suficientes daños como para detenerla.

El Shas'El intervino cuando el piloto del Cabezamartillo estaba cambiando el modo de disparo del acelerador para usar munición más lenta y explosiva. El grito de la bestia cuando el rifle de fusión impactó en su flanco hizo estremecer a M'Yen, haciendo que casi sintiese pena por el animal. Con la piel chamuscada y las entrañas a la vista, ardientes y semifundidas, junto al inerte y ennegrecido miembro que antes había sido una monstruosa garra, el animal se giró rabioso hacia el origen de su dolor. El resto de soldados dejaron de disparar por temor a dañar a su jefe. El acelerador del Cabezamartillo tampoco escupió sus proyectiles.

El Shas'El permaneció inmóvil hasta el último instante, dejando que la bestia cargará contra él. M'Yen sospechaba que podría haber utilizado de nuevo el arma de fusión para rematar al animal, pero no lo hizo. En su lugar, esperó. Con un leve movimiento flexionó las piernas de la armadura y saltó, activando los jets un instante después de dejar de tocar el suelo. La bestia dió una dentellada al aire en el lugar que antes ocupaba el Shas'El, y tardó un instante en comprender cómo se había desvanecido su presunta presa.

Con un rugido furioso se volvió hacia su espalda. Un quejido lastimero se mezcló con el rugido, provocado por el dolor de la herida quemada y el rápido giro. Por un instante M'Yen temió que la bestia atrapase al Shas'El en el aire y aplastase su armadura, como había hecho con la desgraciada Crisis que sufrió el primer ataque, pero el resultado fué otro.

Mientras caía, el Shas'El seccionó límpiamente la carne y los huesos del animal, que quedó inmóvil cuando la hoja cortó nervios, cerebro y arterias junto con el cráneo y la mandíbula. Una cortina de sangre salió disparada de la herida hacia el suelo, impulsada por la fuerza de los últimos latidos del corazón del animal. No emitió ningún sonido cuando cayó de costado sobre el claro salvo el borboteo de la sangre que manaba por la herida empapando el suelo, aunque M'Yen creyó escuchar una especie de suspiro, seguramente causado por el aire que salía de los ya muertos pulmones de la bestia al golpear el suelo.

Todo había acabado en apenas dos minutos, durante los cuales M'Yen había permanecido con la boca abierta, casi sin respirar, asomado a la puerta del transporte sin que los dos exploradores que lo custodiaban le dejasen salir del vehículo. Sin duda su opinión sobre el Shas'El había cambiado en esos dos minutos.

Despedidas

Sayëan se revolvió una vez más en su camastro. No podía dormir. Desde que se enteró de la muerte de Eldrad, hace unos meses, sus noches eran cada vez más intranquilas. El recuerdo del viejo Vidente, amigo y enemigo a la vez, le acosaba constantemente. Todo, el aviso de los Arlequines, las marcas de los Cazadores, las ruinas abandonadas, el viaje a Cadia... todo partía del mismo punto: La muerte de Eldrad Ulthran.

Se levantó. Si no podía dormir al menos haría algo constructivo. Se vistió y salió al pasillo de la zona de descanso de la fragata. Había rehusado el ofrecimiento de Seamus de utilizar camarotes en el Regos. Prefería estar junto a sus hombres. Además, Seamus o, mejor dicho, sus guardias no veían con buenos ojos la presencia de las Ejecutoras que contínuamente acompañaban a su Kano. Y el incidente con los Kroot no había contribuído precisamente a apaciguar los ánimos.

Salió a la cavernosa bodega del Regos donde se habían acuartelado sus tropas. La Ejecutora que lo seguía ni siquiera preguntó y se limitó a caminar dos pasos tras él. En un rincón de la enorme cavidad estaban instalados los Kroot. Al menos estaban utilizando los calentadores de campaña que les había proporcionado, aunque sospechaba que si hubiesen encontrado algo combustible en estos momentos se estarían apelotonando alrededor de hogueras. También agradeció que Seamus no tuviese animales sueltos por la nave.

Pausadamente caminó hasta la puerta principal, donde una guardia permanente de Veteranos vigilaba la entrada por el lado interior. Por el lado exterior tuvo que detenerse para identificarse a los guardias Vessoritas de Seamus. Sabía que no les gustaría que caminase por la nave durante el ciclo nocturno (tampoco es que les gustase durante el diurno), pero Seamus había dejado claro que era libre de campar por el Regos sin ser molestado, siempre y cuando su escolta se limitase a su guardaespaldas personal ...y al pequeño grupo de vessoritas que le seguía a donde quiera que fuese.

- Voy a ver al Navegante Fansworth - dijo a los guardias, refiriéndose a Seamus. El sargento vessorita asintió y se limitó a seguirle junto a tres guardias más.

"Eldrad, Eldrad... ¿por qué me has cargado con esto?", se lamentó para sus adentros mientras caminaba por los interminables corredores del Regos. Evocó una de las primeras e infructuosas reuniones que tuvo con el Gran Vidente de Ulthwé. Su expresión solemne, su altivez, su seguridad. Recordó cómo admiró su voluntad para guiar a los suyos, aunque Sayëan no compartiese su manera de hacer las cosas. Las largas discusiones, los debates, las posturas irreconciliables.

Se habían reunido en unas viejas ruinas Exoditas, muy similares a las que hacía poco había abandonado Sayëan y su grupo, hecho que el Kano Ëaressi sospechaba no era casual. Los séquitos de ambos ocuparon las antaño gloriosas ruinas, protegiendo a sus líderes. Sayëan con sus exarcas y soldados, y Eldrad con sus Lágrimas Negras y sus Videntes...

...sus Videntes. "Qué extraño", se dijo Sayëan al pensar en los subordinados de Eldrad. Apenas recordaba sus rostros y nombres, pero algo le llevó a pensar en ellos. En ellos... ¿o en alguno en concreto? Se detuvo ante uno de los miradores del Regos, de camino al puente de mando. A través del ventanal se extendían los informes e inquietantes torbellinos de la Disformidad.

Sayëan meditó durante un momento, apoyado en la baranda del mirador, mientras los guardias de Seamus e incluso su Ejecutora se impacientaban. Oyó al sargento vessorita susurrar algo por la radio de su casco, pero no prestó atención. Estaba sumido en sus cavilaciones, absorto en los remolinos de la Disformidad. "Lilith..."

El nombre sorprendió a Sayëan. Se había abierto paso a través de sus recuerdos. Recordó a la por aquel entonces joven vidente del séquito de Eldrad. Una más entre los varios que acompañaban al Gran Vidente. No acertaba a comprender por qué recordaba ese nombre de entre los demás. Tal vez tenía algo que ver con este viaje, con la muerte de Eldrad... con la Presencia que sintió en el Templo. Tendría que meditarlo con más detenimiento, y consultarlo con sus videntes consejeros. Se preguntó qué sería de aquella joven Vidente...

- Un penique por tus pensamientos - la voz provenía de un corredor. La Ejecutora ya estaba en guardia cuando Sayëan se tensó, pero al unos instantes reconoció la voz, deformada ligeramente por los cavernosos corredores. "Seamus...".

El Noble Navegante Seamus Fansworth tenía un aspecto casi cómico, con su túnica y su expresión jovial. Miró a Sayëan, que apenas había cambiado la tosca expresión de su cara, pero que se había relajado perceptiblemente. Sayëan tomó nota de no distraerse con tantos pensamientos desconcertantes.

- ¿Qué has dicho...? ¿'penique'? - Seamus siempre le sorprendía con aquellas rarezas culturales, extrañas incluso para un humano.

- Es una vieja... muy vieja, expresión humana. Es una manera de sacar a las personas de sus cavilaciones - Seamus puso un tono ligeramente sarcástico.

- Estaba meditando... - Sayëan frunció el ceño ligeramente, algo molesto por la interrupción.

- Espero que no fuese nada demasiado importante - dijo Seamus para disculparse. Era sincero.

- Sólo algunos recuerdos - ambos se volvieron para mirar la Disformidad.

- Ahí afuera las cosas están muy revueltas - dijo Seamus para cambiar de tema, aunque sin dejar claro si se refería a la Disformidad o a otra cosa.

- Lo sé. E irán a peor, me temo - Sayëan miró de reojo a su amigo humano, que miraba atentamente los remolinos - Desearía no haberte metido en esto.

- No tienes que disculparte. A nadie le gusta volar a ciegas, pero estoy seguro de que tienes una poderosa razón para hacer todo esto.

- Así es... ojalá pudiese explicártelo - "Y a mi mismo", pensó Sayëan, avergonzado por tener que ocultarle tantas cosas a su amigo.

- Cadia no es un destino turístico muy popular últimamente, Sayëan - Dijo Seamus dejando entrever cierta preocupación.

- Dejaremos el Regos en el exterior del Sistema. No quiero que arriesgues tu nave. Seguiremos solos - Trató de disipar las preocupaciones de Seamus.

- Siempre solos, ¿verdad? - Seamus se volvió para mirar a Sayëan - ¿Por qué siempre sois tan cabezotas? - Sayëan hizo un gesto a la Ejecutora, que se había tensado al escuchar el tono de Seamus, que hizo lo mismo a sus guardias, recordando de paso lo inútiles que eran dadas las circunstancias. Si la exarca Ejecutora o Sayëan quisieran hacerle daño se necesitarían bastante más de cuatro guardias, por muy vessoritas que fuesen.

- Nadie es perfecto - dijo Sayëan con una suave risa para relajar el ambiente - Tú también eres un cabezota. Un cabezota que ha aceptado meter su nave - Sayëan abarcó con un gesto la sala del mirador - en el rincón más peligroso de la Galaxia.

- Sólo hasta las afueras - Seamus hizo un gesto con la mano como quitando importancia al asunto - Eres tú el que va a la boca del lobo con esos tres cascarones - Bromeaba. Sabía que esos tres 'cascarones' podrían hacer trizas su nave en cuestión de minutos - ¿Cómo lo harás? ...si puede saberse - El tono era más serio.

- Apretando los dientes y cruzando los dedos - respondió Sayëan utilizando una expresión que había escuchado al propio Seamus, aunque era una manera de decir que no podía explicárselo.

- Está bien... sólo era curiosidad. - era sincero - No me gustaría que te pasase nada. Cadia es un lugar peligroso. El Caos está a punto de tomarlo.

- No lo harán - dijo Sayëan con seguridad - No me mires así. Mi presencia no va a cambiar lo que pase. Sólo somos figurantes en esta historia - Sayëan incluía a Seamus.

- Pero algo tendrá que ver, ¿no? - dijo Seamus sabiendo la respuesta.

- Quien sabe... - respondió Sayëan encogiendo los hombres - ...las cosas... - Seamus interrumpió a Sayëan levantando la mano. Parecía escuchar algo. Sayëan sabía que el Navegante llevaba numerosos implantes que le conectaban, incluso ahora, con su nave. Permaneció en silencio hasta que Seamus bajó la mano - ¿Noticias? - Ya sabía lo que iba a decir.

- Llegaremos en 12 horas - Se miraron fijamente - Deberías preparar a tu gente...y yo a la mía.

- Así es... - Sayëan dudó un momento. No estaba seguro de si volvería a ver a su amigo.

- Suerte amigo mío - Se adelantó Seamus, tendiendo la mano. Sayëan suspiró con resignación. Ambos sabían lo peligrosa que era la situación.

- Suerte Seamus - Sayëan estrechó la mano de Seamus - Cuídate... y saca el Regos del Sistema en cuanto salgamos de tu bodega, ¿entendido?

- Oh, vamos... ¿voy a tener que perderme el espectáculo? - Ambos rieron suavemente - Adios Sayëan. Que el Emperador sea contigo - Sayëan pareció sorprenderse por el ruego.

- Y que... - dudó un momento - ...que Isha sea contigo - No iba a encomendar a su amigo a Khaine, y ambos lo sabían.

Sin más, ambos se dieron la vuelta y caminaron hacia sus respectivos puestos. Sayëan a sus naves, en la bodega del Regos, y Seamus a su puesto en el puente del mercante.

Horas más tarde, tras los últimos preparativos, el Regos salió del Espacio Disforme en los límites del sistema cadiano y la compuerta principal de la bodega del Regos se abrió al espacio. Seamus Fansworth estaba postrado en su sillón de Navegante, boca abajo. Todas las conexiones que le unían a su nave salían de su columna vertebral. En su mente vió como las tres fragatas abandonaban el Regos para desaparecer de sus sensores ocultos por su camuflaje.

En las profundidades de las salas de máquinas del Regos unos paneles de circuitos se fundieron entre chispas eléctricas en respuesta al temblor que asaltó a Seamus, transmitido por las conexiones cibernéticas. Por una vez rogó para que Khaine, el Dios de la Guerra Eldar, acompañase a su amigo el Kano Ëaressi. Luego se administró una dosis de calmantes para aliviar el dolor que ese deseo le causaba mientras un servidor le limpiaba las heridas que en su espalda, en carne viva, nunca cicatrizarían 'gracias' a otros seguidores de Khaine. "Afortunadamente no todos son iguales", pensó Seamus cuando las fragatas desaparecieron completamente de sus sensores.

Un paseo campestre

M'Yen observaba a los pilotos con desinterés. A su espalda las tropas del Shas'El se preparaban para desembarcar. Desde su sitio, normalmente reservado para un Etéreo, podía ver lo que ocurría tanto dentro como fuera del transporte Orca. Dentro, el Shas'El y los suyos revisaban las armas y el plan de despliegue, pero a M'Yen no le interesaban los preparativos militares. Así que poco le importaban tampoco el transporte Mantarraya y la cañonera Cabezamartillo que les escoltaban, o el Barracuda que iba delante, asegurándose de que no les esperaba ninguna sorpresa.

Lo que realmente le interesaba eran las señales recibidas después de colocarse en órbita. Se suponía que el mundo no estaba habitado. Sin embargo había signos de civilización en la superficie. No muy avanzada, a juzgar por las lecturas, pero civilización al fín y al cabo. ¿Habría llegado el Imperio Humano antes que los Tau a este remoto mundo?, se preguntaba M'Yen. Pero las señales no eran las propias de los asentamientos humanos. Eran más... "...refinadas", pensó M'Yen.

- Tres minutos para zona de aterrizaje - informó el piloto con profesionalidad - Lanza Uno informa que todo está despejado - Por las imágenes de las pantallas M'Yen dedujo que 'Lanza Uno' era el Barracuda que actuaba de explorador. Oyó al Shas'El ladrar las últimas órdenes a sus tropas en el compartimento de carga.

- Listos para el desembarco, Por'El - escuchó la voz del Shas'El por sus auriculares, siempre tan profesional... "y aburrido", pensó M'Yen.

- Bien, bien... adelante - respondió con desgana M'Yen.

Sintió la aceleración de la nave en estómago cuando esta empezó a seguir el terreno a baja altura. En las pantallas tácticas a su disposición observó como el Mantarraya y la Cabezamartillo se apartaban y aceleraban aún más para adelantarse y asegurar la zona mientras el Orca esperaba la señal de despejado.

El Mantarraya descendió al nivel del suelo y los exploradores saltaron de él, desplegándose rápidamente hasta los bordes del claro mientras el Cabezamartillo les cubría desde el aire. M'Yen escuchó más órdenes del Shas'El. La compuerta trasera del Orca se abrió y el rugido del viento llegó el compartimento de carga. Las tres primeras Crisis, junto a su apoyo de drones, saltaron de la nave desde más arriba de las copas de los árboles.

- Despejado - informaron los exploradores mientras las Crisis se desplegaban planeando hasta sus posiciones. M'Yen sintió cómo el estómago le subía a la garganta cuando el piloto del Orca lo hizo descender de golpe. Las Crisis tocaron el suelo al mismo tiempo que el Orca.

Cuando M'Yen descendió por la rampa las tropas del Shas'El ya habían asegurado todo el claro y los alrededores. Se cubrió los ojos para protegerlos del sol. La Crisis del Shas'El le esperaba al pie de la rampa mientras el Cabezamartillo daba vueltas sobre el claro. El zumbido de sus motores asustó las pocas bandadas de pájaros que quedaban en los alrededores.

- Posición asegurada, Honorable Por'El - informó el Shas'El, señalando lo obvio.

- Ya lo veo, ya... - Tanta demostración de eficiente inutilidad militar le repelía - ¿Cuándo podremos acercarnos al asentamiento?

- Su transporte está listo - La cabeza de la Crisis señaló el Mantarraya posado a unos metros del borde del claro, rodeado de exploradores que no dejaban de vigilar la espesura.

M'Yen se preguntó por un momento por qué no le dejarían bajar directamente en el Mantarraya en lugar de tener que montar todo este estrafalario espectáculo marcial, pero estaba seguro de que el Shas'El tendría una explicación muy completa y reglamentaria al respecto, así que se abstuvo de preguntar. En silencio caminó hasta el Mantarraya.

Un explorador bajó la pequeña rampa del transporte y M'Yen se dispuso a subir por ella. De pronto la Crisis del Shas'El, que hasta ese momento había caminado a su lado, se tensó y dio un giro brusco. Un instante después un crujido de árboles rotos llegó a los oidos de M'Yen. El Honorable Por'El sólo atisbó a ver el origen del sonido durante un segundo, antes de que uno de los exploradores le empujase dentro del compartimento de carga. Ni siquiera escuchó el 'Disculpe, Honorable Por'El' de disculpa del soldado que le empujó. En su mente sólo veía el enorme reptil que surgió de entre la espesura, y una armadura Crisis entre sus mandíbulas.

Leyes

Era la segunda vez que Seamus veía tantos Eldar juntos. Y la primera no le traía buenos recuerdos. No pudo reprimir un ligero temblor cuando empezó a sentir ese viejo hormigueo en el cuello. Esta vez fue descendiendo por su espalda, sin detenerse, y tuvo que recurrir al pequeño inyector de su muñeca para acallar los temblores. El sargento vessorita que le acompañaba ya estaba acostumbrado a ellos, pero se tensó cuando se dio cuenta de que esta vez eran más violentos.

- ¿Se encuentra bien Señor? - Era curioso ver al rudo hombretón preocupándose de ese modo.

- No es nada. Sólo una corriente de aire - Seamus dejó que el calmante se extendiese por su circulación, adormeciendo sus nervios.

- Siento todo esto, Seamus - El sargento se giró como el rayo, echando mano de su rifle láser recortado. Se sorprendió cuando vio al alto comandante de los Eldar y maldijo por lo bajo su sigilo.

- Tranquilo Jarr. Déjanos solos, por favor - El sargento saludó a su señor con un asentimiento y se marchó a regañadientes - Deberías intentar hacer un poco de ruido, Sayëan - dijo en un susurro - Los vessoritas pueden ser muy susceptibles, y no reaccionan bien a las sorpresas.

- Lo sé. Los conozco - Sayëan siguió con la mirada a soldado mientras se alejaba, y luego dirigió sus ojos hacia el pequeño inyector en la muñeca de Seamus. Por fín, miró a Seamus a la cara - Hicimos lo que pudimos - dijo con cierto reparo.

- ...lo sé, amigo mio. No es culpa tuya... bastante hicísteis - Seamus forzó una sonrisa para tranquilizar a Sayëan - Veo que tu gente se prepara para algo importante - dijo cambiando de tema y señalando con la cabeza la enorme bodega.

Bajo ellos, que estaban en una pasarela a media altura, podía verse la actividad del destacamento que Sayëan había hecho traer. Dos fragatas Ëaressi, además de la que trajo al Kano Ëaressi, descansaban agazapadas sobre el suelo metálico como aves rapaces. Seamus conocía aquellas naves, y las había visto actuar. Su delicado aspecto, típico de los Eldar, escondía una brutalidad abrumadora, incluso para los estándares Eldar.

Sin recursos suficientes para mantener una gran flota, los Ëaressi se habían visto obligados a concentrarse en unos pocos modelos de naves. De hecho, aparte de las fragatas y cruceros, unos pequeños cazas y las grandes naves-hogar (y factoría), Seamus sabía que no había ninguna más. Sin embargo, en contra de lo que se podría pensar, su capacidad naval era sorprendente.

Seamus sabía, porque lo había visto, que las fragatas podían enfrentarse con bastantes garantías y un buen capitán a naves del doble de su tamaño. Sólo había visto una vez un crucero, protegiendo una nave-hogar, pero a juzgar por su tamaño (casi el de su mercante, que tenía más de 2 kilómetros de longitud, y 15 veces superior a las fragatas) serían rival para cualquier nave imperial.

Y no eran sólo las naves. Seamus observó la actividad alrededor de las fragatas. Los casi doscientos guerreros eldar del destacamento se afanaban por prepararse. Unos revisaban sus armas, otros practicaban con ellas en una galería improvisada. Un pequeño grupo, sin duda los oficiales de Sayëan, se habían instalado bajo un ala de una fragata a deliberar sobre sus todavía enigmáticos planes. "¿Para qué vas a Cadia, Sayëan?", pensó Seamus.

Un tumulto llamó su atención. Su mayor sorpresa. Había oido a los comerciantes Tau hablar de ellos, pero nunca había tenido la oportunidad de verlos. Los eldar de Sayëan estaban reforzados por Kroot. El medio centenar que formaban el grupo ahora se agolpaban alrededor de lo que parecía una pelea. En un círculo vacío, dos de aquellos seres altos y fibrosos se gruñían (al menos eso parecía por los gestos) el uno al otro. Sayëan farfulló una maldición en su propio idioma. No quería altercados tribales entre sus aliados.

Seamus apenas sintió cómo su amigo eldar se apartaba de su lado como una exhalación hacia las escaleras. La velocidad del Kano Ëaressi era sorprendente, y en combate... durante un segundo Seamus recordó la primera vez que le vio combatir. Tuvo que administrarse otra dosis de calmante cuando los recuerdos pugnaron por salir de las profundidades de su mente, donde los había confinado desde entonces. Mientras el calmante hacía efecto caminó hacia las escaleras en pos de su amigo.

Cuando llegó abajo el tumulto ya había cesado. El corro de Kroot se había abierto para dejar paso al comandante Ëaressi, que estaba plantado entre ellos sin mostrar ningún temor. Seamus no estaba seguro de que él fuese capaz de eso. Pudo apreciar más de cerca (lo más que había estado hasta ahora) el aspecto de los Kroot. Brutales, salvajes, casi animales. Uno de ellos se giró y le vio observarles.

Todo sucedió muy deprisa, tanto que para que cuando fue consciente de lo que ocurría todo había terminado. Sayëan estaba inclinado junto al kroot, que estaba en el suelo. Y estaba muerto. El ángulo que su cabeza formaba con el cuerpo indicaba claramente que su cuello había sido partido. Sayëan se levantó lentamente y sin mirar alrededor dio dos pasos hacia Seamus. Los kroot que les rodeaban murmuraban.

- ¿Estás bien? - dijo Sayëan preocupado. Seamus aún miraba el cadaver, absorto - Seamus, ¿estás bien? - repitió Sayëan.

- Ssss... si - Seamus miró por fin a su amigo.

- Debiste quedarte arriba - susurró - Son peligrosos.

- Le... le... mataste - Seamus no salía de su estupor - Era de los tuyos y... lo mataste... - Seamus miró de nuevo el cadaver y luego a Sayëan.

- Patrón no matar - el gruñido procedía de la espalda de Seamus, que sin atreverse a volverse miró a Sayëan.

- Tranquilo - Sayëan señaló con la cabeza tras Seamus, que lentamente se volvió. El kroot sólo era ligeramente más alto que él, pero su complexión le recordó... "Orko...", se dijo mentalmente. Parecía claro que la dieta del kroot (Seamus conocía sus costumbres alimenticias por los Tau) había incluido a muchos de esos bestiales seres - Es un amigo.

Seamus hubiese retrocedido varios pasos para alejarse del kroot si no hubiese topado con Sayëan, que delicadamente le puso una mano en el hombro para calmarlo. Una punzada de dolor le atenazó al contacto, pero esta vez ni siquiera intentó tocar el inyector. Sólo tenía atención para los ojos del kroot, que le observaban con curiosidad, parpadeando rápidamente.

- ¿Amigo del Patrón estar bien? - dijo mirando a Sayëan.

- Si Brokaar, está bien. Sólo está algo asustado - respondió con calma sin levantar la mano del hombro de Seamus. Este empezó a reaccionar - Gracias por tu ayuda.

- Patrón ordenar no problemas en nave - Brokaar emitió un sonido impronunciable para un humano, una mezcla de chasquidos y chirridos - ...desobedecer - Otra vez los mismos chasquidos - ...muerto.

- Gra... gracias - Seamus tendió la mano hacia el kroot, que le miró extrañado - Me has salvado la vida.

- Ser Ley - Otra vez los chasquidos - ...romper Ley. Y ahora estar muerto - Hizo un brusco gesto con la cabeza y emitió más chasquidos, esta vez diferentes. Dos kroot rompieron el corro y se llevaron el cadaver. Seamus recordó su mano y la retiró. Parece que el kroot no conocía ese tipo de saludos - Ahora nosotros honrar a... - otra vez los chasquidos, dirigiéndose a Sayëan. Seamus acabó por comprender que los chasquidos eran el nombre del kroot muerto.

Sin más, los Kroot se dispersaron y Brokaar fue tras el cadaver junto a otro kroot que portaba un largo bastón muy adornado. Sayëan se quedó junto a Seamus, que de pronto hizo una mueca y miró la mano del eldar en su hombro. Este la retiró con delicadeza.

- Lo siento - Sayëan se miró la mano y se reprochó el descuido mientras Seamus se administraba otra dosis de calmante.

- No importa - dijo todavía aturdido, en parte por la impresión y en parte por las excesivas dosis de calmante - ¿Quién es? - señaló con la mirada a Brokaar, que se alejaba hacia el rincón que los Kroot habían tomado como su campamento.

- Un aliado... y un amigo.

- No parecía muy contento conmigo - dijo sin dejar de mirar al kroot.

- Acaba de matar a uno de sus guerreros, es lógico - dijo Sayëan gravemente - ..de todos nunca parece muy contento - trató de quitarle importancia para calmar la inquietud de Seamus.

- Dijo algo de su Ley...

- Un kroot nunca ha de dañar a sus patrones sin romper antes formalmente su vínculo contractual.

- Pero yo no soy su patrón... - replicó Seamus

- Pero sí mi amigo - Seamus aún no lo entendía - Y los Kroot identifican amistad con hermandad. Y el hermano del Patrón también es un patrón - aclaró por fin Sayëan.

- Comprendo... - Seamus meditó durante un momento - ¿Esto te traerá problemas con ellos? - No quería perjudicar a su amigo y... ¿hermano?

- No lo creo - Sayëan observó a los Kroot, que actuaban como si nada hubiese ocurrido - Sólo el líder del Clan puede romper un contrato, y matando él mismo a... - Sayëan dudó y optó por no intentar pronunciar el nombre. De todos modos no podría - ...a ese kroot, Brokaar ha dejado claro que hará lo necesario para que las normas se cumplan.

- Pero, ¿no podría alguno de ellos estar en contra y...? - Sayëan le detuvo con un gesto de la mano.

- Lo dudo mucho. Lo más probable es que entonces tendríamos dos kroot muertos... y un Brokaar muy enfadado - Seamus admiró la aparente confianza que el eldar y el kroot parecían tenerse mutuamente - Será mejor que subamos - claramente aludía a los aposentos de Seamus - Tanta tensión puede hacerte daño - otra alusión, esta vez al inyector.

- Tienes razón. Será mejor - Seamus se giró para dirigirse a las escaleras - ...recuerdame que a partir de ahora me quede en la pasarela...

Favores

Sayëan había aceptado la copa por cortesía, como siempre. Y como siempre, no la había probado, quedándose con ella en la mano mientras conversaban. La sala estaba suntuosamente amueblada y decorada. Obras de arte, sin duda tremendamente valiosas, cubrían dos de las paredes de la sala. Los otros dos estaban cubiertos de altas estanterías, que llegaban hasta el techo, formando dos niveles. En el superior, un servidor ordenaba viejos volúmenes sin interesarse por lo que ocurría a su alrededor. La Ejecutora, de pie junto a la puerta, lo vigilaba atentamente. No había ninguno de los guardias vessoritas de Seamus en la sala. Sayëan miraba con curiosidad algunas de las obras de arte mientras su interlocutor narraba algunos de sus últimos viajes por Ultima Segmentum.

- No son enemigos del Imperio, al menos no en el sentido de los orkos o el Caos - Sayëan giró levemente la cabeza hacia Seamus al escuchar la palabra 'Caos' - Son buenos comerciantes, y ya me gustaría que muchos humanos hiciesen gala de su educación.

- ¿Y qué opinaría vuestra Ordo Xenos si te escuchase decir eso, Seamus? - preguntó Sayëan con ironía mientras volvía a observar los detalles de una bella escultura talassana. A veces admiraba el sentido estético de los humanos.

- Supongo... - Seamus ya sabía por dónde iban los tiros, pero fingió que meditaba profundamente la respuesta - ...que lo mismo que si se enterasen de nuestras reuniones. - Seamus esbozó una burlona sonrisa.

- A veces me pregunto por qué nos ayudas - esta vez el tono era más serio.

- Incluso los comerciantes tenemos honor, amigo mío.

- Pero tu Imperio nos califica de Enemigos - Sayëan pasó su atención a la siguiente pieza: Un cuadro conservado en un campo de estasis.

- No sois todos iguales - Instintivamente Seamus se pasó la mano por el cuello, cubierto por un pañuelo de seda de Gudrun - Yo decido quien es mi enemigo y quien no lo es.

- Ojalá más pensasen como tú - Los trazos del cuadro, casi infantiles a los ojos de Sayëan, tenían una fuerza visual desconcertante.

- Mmmmm... ya sabes que siempre he sido un bicho raro.

- Ambos lo somos entre los nuestros - El cuadro tenía algo extraño. Sayëan se preguntó cómo sería el humano que lo pintó.

- Girasoles.

- ¿Qué? - Sayëan miró a Seamus con extrañeza. La Ejecutora se tensó.

- Esas flores. Se llamaban girasoles. Ya no existen.

- Una lástima - realmente había cierto tono de tristeza en la voz de Sayëan.

- Pero no has venido a admirar mis obras de arte, ¿verdad? - Sin embargo, Seamus sabía que Sayëan siempre se daba cuenta cuando, como ahora, había una nueva pieza en su colección.

- Necesito tu ayuda - dijo Sayëan sin dejar de observar el cuadro.

- ¿Y qué puede hacer por ti este humilde miembro del Gremio de Navegantes?

- Seamus Fansworth, no creo que 'humilde' sea un adjetivo que te describa adecuadamente - Sayëan abarcó la sala con un gesto de su mano.

- Bueno, no creo que el hecho de que posea una flota de mercantes y una considerable fortuna implique que no pueda ser humilde - ironizó Seamus.

- Y muy modesto - Ambos rieron.

- Necesito transporte al interior del Imperio - Ambos dejaron de reir.

- Tus naves... - Seamus levantó una ceja.

- No pueden llegar a donde quiero ir - Ambos se miraron - No puedo usar la Telaraña - dijo respondiendo a la pregunta que Seamus no hizo.

- ¿Y a dónde quieres ir? - Seamus estaba intrigado. Sabía que la Telaraña era el principal medio de tránsito de la gente de Sayëan. Vio que Sayëan dudaba un momento.

- ...a Cadia - La copa de Seamus tembló ligeramente en su mano durante un instante.