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07/09/2004
- Entonces... ¿es cierto? – La voz de Sayëan no tenía ninguna inflexión, como si surgiese de una máquina.
- Si, Kano – El tono del exarca si mostraba emoción. Miedo.
- ¿Los Arlequines han dicho algo más?
- No, Kano. Sólo que Eldrad ha muerto – Sayëan se permitió un ligero suspiro de tristeza, que sobresaltó al exarca – Luego, se fueron.
- Está bien. Puedes retirarte – El exarca abandonó inmediatamente la sala.
Sayëan caminó despacio hasta el centro de la Sala de Guerra y contempló la imagen que el proyector mostraba. Allí estaba el Ojo del Terror... y Ulthwé. “Adiós, Viejo”, susurró para sus adentros. No siempre compartieron la misma opinión, en particular sobre los medios, pero si compartían objetivo. Ahora la luz del más grande de entre los Eldar se había extinguido.
Con un gesto ordenó a la imagen que cambiase, y esta fue mostrando los alrededores del Ojo, junto con todos los datos disponibles. Se detuvo en Cadia. Sayëan admiraba a sus habitantes. Su valor y empeño. De poco les estaba sirviendo. Su situación era cada vez más desesperada. Siguió con los demás mundos de la zona, uno tras otro. La situación empeoraba por momentos para el Imperio.
Observó las posiciones de sus propios efectivos, dispersos por el sector. “Si al menos tuviese más tropas...”, se lamentó Sayëan. Ni siquiera con la incorporación de los Kroot contaba con fuerzas suficientes. Aun así, no lamentaba el reclutamiento de los mercenarios, a pesar de las protestas de algunos de sus exarcas. Si de él hubiese dependido hubiese tratado de reclutar a todo el Imperio Tau, o al menos establecer una alianza.
Pero Bieltan y los demás Mundos no hubiesen aceptado ese acuerdo. No un pacto estable. Los enfrentamientos con los Tau y las demás razas eran tantos como las ocasiones en que las circunstancias los habían puesto del mismo lado. Esa era la principal razón del enfrentamiento con Eldrad. No podrían salvar a los Eldar manipulando a las demás razas. Las necesitaban. Pero Eldrad y los demás se empeñaron en manejar los asuntos humanos como si de peones de un viejo ajedrez se tratasen.
Sayëan sonrió un instante. Probablemente los Humanos ni siquiera recordaban lo que era un ajedrez.
Un fugaz movimiento llamó la atención de Sayëan, y los viejos instintos de exarca se pusieron en acción, fintando y girándose al mismo tiempo que desenfundaba sus armas. Apuntó al supuesto asaltante, pero inmediatamente relajó los músculos y bajó el arma.
- Vuestras informaciones suelen ser vagas... pero no tanto. – Sayëan observó al intruso, que salía de entre las sombras mostrando los vivos colores de sus ropajes - ¿Qué es tan importante que no podéis contárselo a mis oficiales?
- Debes preparar a tu gente, Primer Guardián – “¡Por Khaine! ¡Un Vidente de Sombras!”, pensó Sayëan cuando sintió, más que escuchó, la voz del intruso - Es hora de que los Ëaressi vuelvan a casa.
- ¿Cuándo? – Sayëan recuperó la compostura poco a poco
- Pronto, muy pronto, Primer Guardián – El intruso se deslizó hasta la imagen del Ojo del Terror. Sus ropajes ni siquiera se movieron – Debes estar listo para cruzar la Telaraña junto a los tuyos – El intruso sonrió al ver la disposición de las tropas Ëaressi y al sentir el desasosiego de Sayëan, sabiendo que prefería las naves a la Telaraña, pero no escuchó ninguna protesta, satisfecho.
- ¿Y el resto de mi gente? – “Ah, la preocupación por sus soldados...”, pensó el intruso con otra sonrisa – Mis tropas están dispersas por todo el Sector.
- Serán guiadas hasta su destino, Primer Guardián, no temas. Estarán a salvo... al menos hasta que salgan de la Telaraña – El intruso sabía que otra cosa preocupaba a Sayëan – Tus naves se reunirán con ellos cuando sea oportuno.
- ¿Algo más? – Sayëan nunca se acostumbraría a los Arlequines, pero logró que su tono fuese firme.
- No, nada más, Primer Guardián. Que El Que Ríe esté contigo y tu Gente – El intruso se adentró de nuevo en las sombras, desapareciendo poco a poco.
- Que Khaine esté contigo, Arlequín – El intruso se detuvo y se volvió, observando a Sayëan. Sonrió ante la arrogancia del Exarca de Exarcas. “Jóvenes...”, pensó cuando desapareció del todo, dejando a Sayëan sólo en su Sala de Guerra
23/09/2004
Sayëan observaba como sus transportes entraban en la Telaraña, precedidos por los vehículos de los Arlequines que les hacían de guía. Los seguidores del Dios Que Ríe dejaron claro que no permitirían que se hiciesen nuevos túneles, y se empeñaron en usar un camino ya conocido... por ellos.
Al Kano Ëaressi no le gustaba enviar a su gente sin conocer su lugar de destino, pero había aprendido (o no había tenido otro remedio) a confiar en los Arlequines. Al fin y al cabo también eran Eldar. Tampoco le gustaba tener que enviar la mayor parte de sus tropas, dejando el equipo pesado para ser transportado por sus naves, ya que no podría ser transportado a través de la delicada Telaraña.
- Kano, los últimos transportes han salido – dijo uno de los exarcas de su consejo de guerra, interrumpiendo sus pensamientos – Sólo queda vuestra escolta, y la Flota a la espera de órdenes.
- La Flota debe esperar a la señal de los Arlequines – A su subordinado eso le gustaba tan poco como a él – Vámonos.
El Kano Ëaressi se dejó guiar por su exarca hasta su trasporte personal, rodeado de varias naves de escolta y dos motos de los Arlequines, que les guiarían junto al resto del convoy. Echó una última mirada a la superficie del planeta. Llevaban dos años instalados aquí, y el lugar había acabado por gustarle. Siempre era una lástima abandonar un lugar tranquilo, pero estaba acostumbrado. Rara vez permanecían más que unos meses en un lugar.
La puerta del transporte se cerró a su espalda con un siseo, presurizando la cabina, y mientras se sentaba en su lugar sintió la suave vibración del campo que se activó para rodear el vehículo, permitiéndole atravesar la Telaraña como si de agua se tratase. Cuando el vehículo se adentró en el portal, nada más quedó en la superficie. Segundos más tarde el propio portal se consumiría, sellándose gracias al campo del vehículo, devolviendo ese mundo al silencio al que pertenecía cuando los Ëaressi llegaron a él. Brokaar gruñó entre dientes cuando notó el olor. El aire apestaba a sangre y mortandad. En otro momento eso hubiese despertado su apetito, pero dadas las circunstancias no presagiaba nada bueno. Hizo una ligera señal con la mano a los otros hurones y a los dos eldar que le acompañaban.
El pequeño grupo se adelantó silenciosamente hasta llegar al claro. Una vez más Brokaar se sorprendió, gratamente, del silencio con que caminaban los exploradores de su patrón en comparación con el resto de las otras tropas eldar. A él y a los kroot de su tribu, los Hurones Baakun, las demás razas siempre les habían parecido torpes y ruidosas al moverse por la selva, pero le agradaba ver que no todos eran iguales.
Con una mueca de disgusto mezclada con respeto recordó a otros seres que consideraban la selva su medio natural. Pero ahora los nativos de Catachán estaban muriendo, al igual que el resto de los humanos. Brokaar recordó la palabra que usaban los Eldar para referirse, mon-keigh, y que tan difícil le resultaba pronunciar.
Pero se había empeñado en aprender tanto como pudiese de sus patrones. Eran conocimientos que podrían serle útiles en el futuro, a él y a su tribu. Aunque no le gustaba la altivez con que se comportaban, los Ëaressi habían acabado por gustarle. Menos sociables que sus anteriores patrones, los Tau, se habían ganado su respeto a pesar de todo. Permitían que siguiesen sus costumbres, aunque algunos de ellos les considerasen salvajes, y pagaban bien por los servicios proporcionados por la tribu de Brokaar.
Instintivamente miró el rifle de fusión que los Ëaressi le habían proporcionado, cubierto ahora por las marcas de la tribu. Recordó con una sonrisa la cara del Cantor Eldar que se lo entregó cuando lo embadurnó de sangre y lo envolvió en un tapiz mugriento. El sentido de la estética de los eldar le desconcertaba, pero a la vez le atraía.
Sacudió la cabeza para concentrarse en su tarea, guiando al grupo hacia el claro. Dos de sus exploradores regresaron del borde de los árboles para contar lo que habían visto. Los eldar que le acompañaban se esforzaron por comprender la secuencia de siseos, gestos y susurros que constituían el lenguaje de caza de la tribu. Se habían esforzado mucho por aprenderlo, aunque apenas fuese en una fracción de su riqueza.
“Caos”, pensó Brokaar. Vio como los eldar se tensaban al comprender lo esencial del mensaje. Con una seña ordenó a los exploradores kroot que volviesen al borde del claro para vigilar, mientras dirigía al resto de la partida dando un rodeo. Quería atraparlos entre un fuego cruzado. Ya se había enfrentado a los marines traidores (aunque su traición no era de su incumbencia, sino del resto de los humanos), y no le gustaban. Su maldad era una afrenta para los espíritus, y además su corrupta carne no era comestible. Le agradaría destruirlos.
Con otra seña indicó a los eldar que tomasen posiciones entre los árboles. Se encargarían, junto a sus propios exploradores, de cortar el paso a los marines del Caos cuando el grueso de la partida de caza atacase el contingente enemigo.
Desde el borde del claro, casi al otro lado de las posiciones de los eldar y sus exploradores, observó las grandes armaduras moverse torpemente (al menos para él) alrededor del campamento. Los centinelas miraban sin ver hacia la selva, casi en la dirección de Brokaar y su grupo. Sabía que no le verían. Con un leve suspiro, Brokaar cogió aire...
- ¡SKREEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE! – Al unísono, la partida de guerra de los Hurones Baakun cargó saliendo de la selva.
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