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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2005.
02/01/2005
M'Yen no volvería a llamar "aburrido" al Shas'El. Aún estaba aturdido, pero al menos inconscientemente ya había decidido que a pesar de los tediosos meses de viaje pasados con el militar, este no era tan monótono y previsible como le había parecido hasta el momento. Ahora veía al Shas'El de otro modo, y la imagen que tenía ante si probablemente no se borraría jamás de su mente.
El Shas'El estaba en el centro del claro donde habían aterrizado. La afilada hoja de titanio que se extendía por el brazo derecho de la armadura aún goteaba sangre. A sus pies, o mejor dicho a su alrededor, estaban los restos del reptil. Estaba cosido por los impactos, con una horrible herida quemada en un costado que había sido causada por el arma de fusión que el Shas'El portaba en el brazo izquierdo. Pero lo que más sorprendía a M'Yen era el corte del cuello.
El enorme tajo empezaba sobre un ojo de la bestia, y bajaba por un lado de la cabeza hasta la garganta. La herida en si no era tan horrenda como la quemadura de fusión, pero M'Yen había visto cómo el Shas'El había atacado con su hoja. Un salto con los jets de la armadura, un giro en el aire, y la criatura se detuvo, como si su cerebro tratase de reaccionar sin éxito. Segundos más tarde la bestia había caido de costado, con el Shas'El a su lado dándole la espalda como si no dudase en absoluto del resultado del ataque.
M'Yen comprendía ahora por qué el Comandante Farsight tenía tanta estima al Shas'El. Había visto combatir a Farsight, y era obvio que el Shas'El seguía las inusuales enseñanzas de su comandante. Puede que la hoja del Shas'El no fuese tan arcana y misteriosa como el arma de Farsight, pero era lo mejor que los miembros de la Casta de la Tierra habían podido crear siguiendo su ejemplo.
Incluso para un excéntrico como M'Yen la extraña manera de combatir de Farsight y sus seguidores, contraviniendo las tradiciones Tau que evitaban en combate cuerpo a cuerpo, se le antojaba salvaje y sorprendente. Todo un shock para alguien dedicado a la negociación y el comercio. Pero era tremendamente efectiva.
Cuando la bestia atacó, M'Yen fue arrastrado a un transporte para protegerle, pero después del aturdimiento inicial había podido contemplar la reacción de los soldados del Shas'El. Sorprendidos inicialmente por el brutal e inesperado ataque, apenas tardaron unos segundos en reaccionar, apartándose de la bestia ya que sabían que no eran rivales para su fuerza bruta.
Disciplinada y ordenadamente, en apenas segundos, habían formado un cinturón protector alrededor de los transportes, y del propio M'Yen, hostigando a la bestia para distraer su atención y que no se concentrase en un blanco concreto. Acribillaron al animal con sus armas, pero la dura piel de este parecía reducir enormemente el daño causado por los soldados, y la criatura no cayó. El Cabezamartillo intervino, disparando su arma principal, pero los proyectiles de acelerador atravesaron a la criatura tan deprisa que no causaron suficientes daños como para detenerla.
El Shas'El intervino cuando el piloto del Cabezamartillo estaba cambiando el modo de disparo del acelerador para usar munición más lenta y explosiva. El grito de la bestia cuando el rifle de fusión impactó en su flanco hizo estremecer a M'Yen, haciendo que casi sintiese pena por el animal. Con la piel chamuscada y las entrañas a la vista, ardientes y semifundidas, junto al inerte y ennegrecido miembro que antes había sido una monstruosa garra, el animal se giró rabioso hacia el origen de su dolor. El resto de soldados dejaron de disparar por temor a dañar a su jefe. El acelerador del Cabezamartillo tampoco escupió sus proyectiles.
El Shas'El permaneció inmóvil hasta el último instante, dejando que la bestia cargará contra él. M'Yen sospechaba que podría haber utilizado de nuevo el arma de fusión para rematar al animal, pero no lo hizo. En su lugar, esperó. Con un leve movimiento flexionó las piernas de la armadura y saltó, activando los jets un instante después de dejar de tocar el suelo. La bestia dió una dentellada al aire en el lugar que antes ocupaba el Shas'El, y tardó un instante en comprender cómo se había desvanecido su presunta presa.
Con un rugido furioso se volvió hacia su espalda. Un quejido lastimero se mezcló con el rugido, provocado por el dolor de la herida quemada y el rápido giro. Por un instante M'Yen temió que la bestia atrapase al Shas'El en el aire y aplastase su armadura, como había hecho con la desgraciada Crisis que sufrió el primer ataque, pero el resultado fué otro.
Mientras caía, el Shas'El seccionó límpiamente la carne y los huesos del animal, que quedó inmóvil cuando la hoja cortó nervios, cerebro y arterias junto con el cráneo y la mandíbula. Una cortina de sangre salió disparada de la herida hacia el suelo, impulsada por la fuerza de los últimos latidos del corazón del animal. No emitió ningún sonido cuando cayó de costado sobre el claro salvo el borboteo de la sangre que manaba por la herida empapando el suelo, aunque M'Yen creyó escuchar una especie de suspiro, seguramente causado por el aire que salía de los ya muertos pulmones de la bestia al golpear el suelo.
Todo había acabado en apenas dos minutos, durante los cuales M'Yen había permanecido con la boca abierta, casi sin respirar, asomado a la puerta del transporte sin que los dos exploradores que lo custodiaban le dejasen salir del vehículo. Sin duda su opinión sobre el Shas'El había cambiado en esos dos minutos.
05/01/2005
El plan seguía su curso. Las fragatas activaron sus sistemas de ocultación y desaparecieron de los sensores del Regos. A partir de ahora las fragatas serían invisibles para los Humanos y, al menos eso esperaba Sayëan, para las fuerzas del Caos. Sin embargo, en previsión de sorpresas desagradables, la segunda parte de su plan se pondría en marcha en breve.
- Kano, el Puño de Vaul está a punto de llegar - dijo el oficial de comunicaciones.
Sayëan se acercó al puesto del oficial de sensores y observó las runas en pantalla. Seamus se llevaría un buen susto. Sonrió ligeramente pensando en la cara que pondría su amigo.
- Entrada en... - el oficial volvió a hablar - ...3... ...2... ...1...
La pantalla principal del puesto de sensores mostró lo mismo que en estos momentos estarían percibiendo los augures del Regos, y con suerte, los de todas las naves imperiales y del Caos por todo el sistema.
El Puño de Vaul y su escolta emergieron desde la Telaraña, descarados y desafiantes. El crucero, no tan grande como sus contrapartidas humanas pero aun así imponente, cruzó el Espejo licuando el vacio a su alrededor. Las ondas producidas por el agujero en el tejido del espacio real se extendieron instantánemente por todo el sistema, aunque el resto de señales tuviesen que conformarse con viajar a la velocidad de la luz.
Por todas partes las alarmas saltaron avisando que algo había entrado en el espacio real. Las armas se cargaron, los sensores giraron para encarar al nuevo intruso, y los monstruosos motores de las naves, tanto imperiales como caóticas, las impulsaron para reordenar sus posiciones. En el Regos, Seamus Fansworth, aunque sorprendido en un principio, tardó apenas unos segundos en comprender lo que pasaba, y sonrió para sus adentros.
Durante varias horas el Puño de Vaul avanzó sin tratar de ocultarse a todo aquel que quiso observarle, dando tiempo a que los interesados en su presencia se acercasen. Sayëan siguió su avance y el de los perseguidores desde el puesto de sensores de la fragata mientras esta y sus dos acompañantes avanzaban a toda máquina hacia Cadia protegidos por sus sistemas de ocultación. La distracción estaba funcionando. Incluso mejor de lo esperado.
Cerca de Cadia un escuadrón de la Flota Imperial aprovechó la distracción de las fuerzas del Caos que acosaban el planeta para lanzar un contraataque, destruyendo un crucero pesado, parte de sus escuadrones de escolta y permitiendo que varios convoyes de ayuda descendiesen sobre la asediada superficie. En Kars Galedon agradecerían los primeros suministros que recibirían en meses.
El Puño de Vaul trabó contacto con las fuerzas del Caos cuando las fragatas de Sayëan ya tenían a la vista la superficie de Cadia. El Puño tenía órdenes de distraer tantas fuerzas navales como le fuese posible, de cualquiera de los dos bandos. Su objetivo secundario era aliviar, aunque fuese ligeramente, la presión sobre las fuerzas de Cadia. Sayëan y el capitán del Puño sabían que eso no supondría demasiada diferencia en el enfrentamiento. Una sola nave de guerra no iba a inclinar la balanza del lado Imperial, aunque a Sayëan le hubiese gustado que sí, pero de algo serviría.
De todos modos, el objetivo principal ya estaba casi cumplido. Sin oposición ni ser descubiertas las fragatas se acercaron a la atmósfera de Cadia y soltaron su carga. A continuación se alejaron a toda máquina tras avisar al Puño de Vaul de que, como hubiese dicho Seamus, el paquete había sido entregado.
Nada más salir de las bodegas de las fragatas los Transportes Rompedores realizaron un pequeño salto desde la alta atmósfera del planeta hasta unas decenas de metros de la superficie. En las pantallas del sistema de defensa cadiano y de las naves circundantes sólo apareció un leve destello que los pocos técnicos que lo llegaron a observar clasificaron como un eco fantasma.
En el espacio, el Puño de Vaul destruyó un crucero del Caos y dañó gravemente un acorazado antes de recibir la señal de las fragatas. Su capitán ordenó mantener la posición durante unos minutos más, dando tiempo a las fuerzas imperiales a aprovecharse de la situación. Cuando los escuadrones imperiales se acercaron para rematar al acorazado el Puño de Vaul viró y saltó de nuevo hacia la Telaraña. Su capitán supuso que los imperiales les considerarían unos cobardes por huir, pero tenía la esperanza de que alguno de ellos pensase "Al menos nos han echado una mano". Quien sabe, tal vez el Puño de Vaul volviese algún día para ofrecer su ayuda a Cadia.
En el límite del sistema, el Regos permaneció oculto un poco más, esperando algún indicio más de actividad. Al cabo de unas horas Seamus condujo su nave de nuevo al espacio disforme para encaminarse a un sistema más seguro, no sin antes desear silenciosamente suerte a su amigo Eldar. Sin embargo decidió que no se alejaría demasiado. Tal vez sus servicios fuesen requeridos de nuevo.
En Cadia, desde las portillas del transporte de mando Sayëan observó la devastada superficie mientras se dirigían a toda velocidad en vuelo rasante hacia su objetivo. Ahora empezaba la parte difícil.
06/01/2005
Era la primera vez en milenios que actuaban abiertamente. Al mismo tiempo que el Puño de Vaul en el sistema de Cadia, La Esperanza de Lileath y el Corazón de Isha emergieron con su escolta desde la Telaraña. Las dos enormes Naves-Hogar de los Ëaressi dejaron que dos de los cuatro cruceros y varias de las fragatas que las rodeaban avanzasen cautelosamente delante de ellas. No esperaban un enfrentamiento, pero el Capitán Athareas no quería sorpresas.
El Viejo Capitán de Guardianes, mentor y amigo del Kano Ëaressi, observó el espacio desde el mirador principal de La Esperanza, en el Jardín del Silencio. Aún estaban demasiado lejos para ver nada a simple vista, ya que prefería que fuesen detectados e identificados con tiempo. Eso evitaría problemas.
- ¿Y las naves de Jeriah? - preguntó a un subordinado sin dejar de mirar a través del mirador.
- Partieron en cuanto salimos de la Telaraña, Señor... - dudó un momento - ¿Enviamos ya la señal? - el subordinado, un joven guardian, parecía nervioso.
- Seguramente ya sabrán que estamos aquí pero... - Athareas se volvió hacia su subordinado - Sí, enviadla. No quiero que nos consideren unos maleducados - El subordinado susurró algo a través del microtransmisor que llevaba en la mano.
- La señal ha sido enviada - seguía habiendo dudas en la voz del joven guardian.
- Tranquilízate. Seguramente nos esperan. No hay nada que temer - dijo el Viejo Guardian para tranquilizarlo.
- ¿Y si ellos también...? - el guardian no acabó la frase.
- ¿Ellos? No te preocupes - Athareas miró al joven - Lord Eldrad apreciaba al Kano Sayëan y no... - frunció el ceño. El joven guardian miraba fijamente hacia el gran ventanal que daba al espacio, tras Athareas. Sus ojos mostraban miedo. Athareas se giró.
Decenas de naves, incluidos varios grandes cruceros, aparecieron de la nada, en una obvia actitud hostil. Las estilizadas formas tomaban posiciones alrededor de la flota Ëaressi. Superaban ampliamente a la escolta de las dos Naves-Hogar.
- Abre un canal - dijo con firmeza el Viejo Guardián. El joven subordinado tecleó tembloroso en el pequeño teclado que llevaba unido a la muñeca. Un suave pitido en el oido de Athareas le indicó que podía hablar. Se ajustó el micrófono con calma y cogió aire.
- Saludos - empezó con tono tranquilo - Soy Athareas de Thianna, Capitán de los Ëaressi Falakiri. Solicito audiencia con el Concilio. - esperó. La respuesta no tardó en llegar, y la gigantesca mole de Ulthwé fue ocupando poco a poco todo el ventanal.
07/01/2005
Athareas no se sentía cómodo caminando por las grandes bóvedas. Estaba acostumbrado a los acogedores pasillos y salas de las Naves-Hogar, aunque en el fondo estas fuesen versiones reducidas de los mundos astronave. Tal vez fuese lo que sabía que le esperaba en la sala del Concilio. ¿O eran los propios miembros del Concilio los que le causaban esa inquietud?
Hacía milenios que entre los Ëaressi el número de psíquicos se había reducido tanto que los Videntes y Brujos habían perdido prácticamente todo su poder político. Sin embargo en estos momentos caminaba hacia la mayor y más poderosa reunión de psíquicos Eldar que existía en la Galaxia. El Concilio de Videntes de Ulthwé estaba formado por los Videntes más poderosos, influyentes y supuestamente sabios de toda su raza.
Athareas sabía que Eldrad, el más grande de todos ellos, no estaría presente, ya que estaba muerto, pero entre aquellos viejos decrépitos tenía que haber alguno que comprendiese, al igual que Eldrad, el punto de vista de los Ëaressi. Comprender al menos, que no aprobar, porque Eldrad no compartía sus principios, pero al menos los respetaba. Sonrió dentro de su casco. Él también era un viejo, aunque no decrépito.
Con ese irónico sentimiento llegó a las puertas del Gran Salón del Concilio, en el corazón de Ulthwé. El grupo de Vengadores Implacables que custodiaban la entrada se tensaron al verle. Athareas sabía que le consideraban un paria, un mediocre reflejo de lo que ellos creían ser. Para ellos no era más que un simple vagabundo que se atrevía a disfrazarse con el atuendo del Templo de Vengadores Implacables. Una copia barata de un Guerrero Especialista.
Pero poco le importaba a Athareas que les molestase su presencia o su atuendo. Es más, sentía orgullo al pensar que los Guardianes Ëaressi, sin apenas psíquicos y guerreros especialistas, hubiesen alcanzado la habilidad de estos. Se habían adaptado, que era más de lo que se podía decir de sus Hermanos, anclados en sus tradiciones y creencias desde La Caída. Los Ëaressi no trataban de cambiar el universo a su alrededor ni de manipularlo. Evolucionaban en él. El Universo les había dado la vida, y no al revés, así que ¿quienes eran ellos para manipularlo?.
Para su sorpresa, las grandes puertas no se abrieron. Frunció el ceño cuando dos guardias le indicaron una puerta lateral, algo más lejos. Había pedido audiencia con el Concilio. ¿A dónde le llevaban? Uno de los Vengadores le indicó que pasara. Su escolta se adelantó.
- Sólo él - dijo el exarca Vengador, deteniendo a la escolta de Athareas, que se detuvo nerviosa, mirando a su jefe.
Athareas hizo un ademán a la escuadra para que esperasen. No iba a pasarle nada, o al menos eso suponía. Estaban entre Eldar, así que la escuadra de Guardianes Veteranos esperó en la puerta, junto a los Vengadores Implacables a los que emulaban. Athareas entró en la sala, acompañado por el exarca al mando de la guardia de la puerta. La oscuridad reinante no le dejaba ver las dimensiones de la sala, pero obviamente no era el Gran Salón del Concilio.
- Descúbrete, Athareas de Thianna - La voz surgió de entre las sombras, con un tono ligeramente sarcástico, como si considerase su nombre una broma o un chiste.
Athareas no se movió. Trataba de determinar el origen de la voz, pero la oscuridad era algo más que ausencia de luz. El visor de su casco, que normalmente le permitiría ver en la oscuridad, era incapaz de atravesar el velo de sombras que le rodeaba. Ni siquiera veía al exarca que le había acompañado, aunque sintiese su presencia, cerca de la puerta.
- He venido a hablar con el Concilio - dijo ignorando la orden de la voz.
- El Concilio tiene otras preocupaciones y no puede ser molestado - la voz ahora denotaba disgusto y un atisbo de ira contenida - Descúbrete.
Lentamente Athareas se quitó el casco, sujetándolo bajo el brazo. Con visor o sin él, seguía sin ver a su interlocutor.
- Ahora descubrios Vos - Athareas usó un tono autoritario, aunque lo bastante suave como para que no se interpretase como una orden directa. Un leve cuchicheo le indicó la posición aproximada de la voz. A su espalda el exarca se puso tenso.
Una ligera luz, saliendo del techo, iluminó a una figura sentada ante Athareas. El atuendo era el de un vidente. Dos brujos lo acompañaban, también sentados. Todos llevaban yelmo.
- ¿Por qué no he sido recibido por el Concilio? - Athareas tomó la iniciativa.
- Ya te he dicho que el Concilio está ocupado. Hablarás conmigo - La voz, que procedía del Vidente. Athareas seguía notando la ira contenida.
- He venido a hablar con el Concilio. No tengo nada que deciros a Vos - Las órdenes de Sayëan eran claras.
- ¡Guardian! ¡Estás ante un Gran Vidente de Ulthwé! ¡Muestra más respeto! - Uno de los brujos se había levantado, dando un golpe sobre la mesa con la mano. El Vidente ladeó ligeramente la cabeza y el Brujo se sentó, disgustado. Seguramente habría sido el mismo que había cuchicheado antes.
- Y Vos estáis ante un Capitán de los Ëaressi que ha solicitado audiencia ante el Concilio. Sin embargo me habéis hecho traer aquí por un motivo que desconozco - el tono de Athareas era desafiante - Mi mensaje es para el Concilio.
- Dadme a mi ese mensaje - El Vidente estaba usando ahora un tono más suave, como si tratase sutilmente de convencer a Athareas.
- No - respondió simplemente Athareas.
- Soy miembro del Concilio. ¿Acaso no puedo escuchar ese mensaje?
- Sólo ante el resto del Concilio - "No podemos evitar que lo escuchen los oidos equivocados, pero al menos haremos que lo escuchen también los correctos" había dicho Sayëan. Incluso sentado y con el yelmo puesto era evidente que la paciencia del Vidente se estaba agotando.
- ¿Dónde está tu Señor, ese...? - El Vidente pareció consultar con los Brujos - ¿...ese 'Kano Ëaressi'? - Pronunció el nombre con desprecio contenido.
- El mensaje lo aclarará - Athareas sabía que el Vidente trataba de rodear su negativa a hablar con él a solas.
- Si tan importante es el mensaje, ¿por qué no lo trae él mismo? - El Brujo había vuelto a hablar. Esta vez el Vidente no le detuvo. - ¿Es que tu 'Kano Ëaressi' es tan importante como para no tener que hablar directamente con el Gran Concilio y enviar un subordinado?
Allí estaba. Siempre la misma actitud. Los Videntes no podían hablar con otro líder que no fuese un igual, y por supuesto no consideraban a Sayëan ni a sus antecesores como un igual. Y mucho menos a uno de sus subordinados. Por eso no le permitían hablar ante el Concilio. Sería dar una legitimidad al Kano Ëaressi que nunca admitirían. Un no-vidente no podía gobernar a ningún Eldar. Al menos Eldrad escuchaba. Athareas bajó la mirada ligeramente, decepcionado.
- El Concilio no tiene nada que escuchar de un... renegado - dijo el Brujo escupiendo la última palabra.
- Entonces ¿esa es la respuesta del Concilio? - Athareas reprimió su ira.
El Vidente asintió ligeramente, juntando los dedos de las manos. "Bien, entonces lo haremos solos... como siempre", pensó Athareas mientras se ponía el casco. Sólo le quedaba algo por hacer.
- Si esa es vuestra última palabra entonces mi viaje ha sido en vano - dijo con obvia decepción. Giró sobre sus talones y dio varios pasos hacia la puerta, pero se detuvo. El exarca Vengador estaba plantado ante ella, bloqueándola. Athareas esperó.
- Déjale ir - Athareas notó la condescendencia en la voz del Vidente, a su espalda. El exarca se apartó y la puerta se abrió con un siseo. Athareas salió sin decir nada, pero se detuvo de nuevo, bloqueando a su vez el paso del exarca. Girando levemente la cabeza, habló con voz clara por sobre su hombro.
- Sin embargo, hay una parte del mensaje que sí podéis oir - Incluso de espaldas notó como el Vidente se tensaba en su asiento. Con la puerta abierta cualquiera podría oirlo, pero Athareas estaba un paso fuera de la sala y no podrían evitar que les escuchasen otros.
- ¿Cual? Habla - esta vez el Vidente no reprimió su impaciencia.
- Los Humanos han encontrado otro Talismán de Vaul - dijo sin la menor inflexión en la voz - Y los Necrontyr y el Saqueador lo saben - había alzado la voz lo suficiente como para que los Vengadores que esperaban en el pasillo le escuchasen.
13/01/2005
"Tres meses", pensó el teniente. Tres meses de bombardeo casi ininterrumpido, de intentos de asalto, de hambre, frío y falta de sueño. Incluso un cadiano se resentía. Pero cansado, helado y hambriento, seguía cumpliendo con su deber. Apretando los dientes el teniente apartó esos sentimientos y se concentró en la pequeña ranura que le mostraba el mundo exterior.
Frente al búnker aún humeaban los restos calcinados y hechos pedazos del último intento, hacía unas horas, bajo un cielo gris oscuro, como si una tormenta fuese inminente. Las tropas del Caos seguían estrellándose contra las defensas de Kars Galedon día tras día, sin descanso. Sólo unas horas de respiro entre oleada y oleada daban algo de descanso a las tropas. Bombardeo, asalto, pausa. Bombardeo, asalto, pausa... así desde hacía tres meses. La radio emitió un chasquido.
- Puesto Norte Eco Dos. Informe - Su oficial de comunicaciones le pasó la radio.
- Aquí puesto Norte Eco Dos. Sin Novedad - respondió sin mucho entusiasmo.
- ¿Señales del enemigo? - Al otro lado de la línea de comunicaciones parecían impacientes.
- Negativo Puesto de Mando. Todo despejado desde... - miró su reloj de pulsera - ...hace 6 horas - Lo cual ya era casi un record. El Puesto de Mando permaneció en silencio unos segundos.
- Teniente, ponga en alerta a sus hombres - "¿Otro ataque?", se preguntó - En trece minutos llegará un convoy. Estén preparados para asegurar una zona de aterrizaje en el perímetro exterior para descargar suministros - El teniente se quedó con la boca abierta, sorprendido. A su lado el oficial de comunicaciones tenía la misma cara de sorpresa.
- Confirme órdenes, Puesto de Mando - no estaba seguro de haber oído bien - ¿Asegurar una zona de aterrizaje en el perímetro exterior? - No se fiaba. Hacía meses que no llegaba ninguna nave. Los primeros bombardeos destruyeron la pista de aterrizaje del kars, y de todos modos tampoco habían recibido ninguna nave a causa del bloqueo. Llamó por señas a su sargento primero.
- Correcto. Un perímetro de quinientos metros alrededor de su puesto - ¿Cómo diablos iba a cubrir quinientos metros con apenas setenta hombres, en terreno descubierto? ¿Es que el Puesto de Mando había olvidado que las tropas del Caos estaban ahí fuera? - Asegure la zona para que puedan descargar. Tiene once minutos. Corto.
- Recibido. Once minutos - El Sargento llegó a su lado.
- ¿Están de broma? - preguntó el Sargento, que tampoco se lo creía.
- Parece que no - miró al oficial de comunicaciones - Habla con Eco Uno y Eco Tres, a ver si les han dicho algo - No iba a salir ahí fuera sin tener en cuenta los otros dos puntos fuertes que conformaban la línea norte de las defensas de Kars Galedon - Que todos se preparen - le dijo al Sargento, que salió ladrando órdenes escaleras abajo, hacia la zona de barracones.
- Señor, Eco Uno y Tres informan que les han ordenado cubrirnos con sus baterías - "Algo es algo", pensó el teniente. - Pero les han ordenado permanecer dentro de sus bunkers - Por supuesto, el Puesto de Mando no arriesgaría toda la línea. Si perdían Eco Dos los otros dos fortines de defensa podrían mantener, aunque debilitados, la defensa. El teniente suspiró.
- De acuerdo. Avisa a nuestras baterías. Que se coordinen con las de Eco Uno y Tres para darnos cobertura - Bajó las escaleras hasta los barracones, donde el sargento ya había levantado a lo que quedaba de su compañía. Los soldados le miraron suspicaces. Aún no se habían acostumbrado a su mando, después de la muerte del capitán. Sin preámbulos les informó rápidamente de la situación - Bien caballeros, tenemos... nueve minutos.
- ¡Primer Pelotón! - ladró el sargento - ¡Vosotros delante! ¡El Segundo treinta segundos después! ¡El Tercero cubrirá las puertas! ¡Vamos vamos vamos! - Los soldados se fueron agolpando ordenadamente frente a las grandes puertas de metal que daban al exterior - Listos, mi teniente.
El despliegue fue de libro. Sus hombres fueron abriéndose en abanico frente a las puertas, tomando posiciones en los cráteres y restos de los combates anteriores. Mientras avanzaba, junto al Segundo Pelotón, pudo ver a su espalda, por encima del hombro, como las baterías del fortín bajo su cargo giraban en busca de blancos. Un kilómetro a su derecha y a su izquierda los cañones de Eco Uno y Tres estarían haciendo lo mismo. Quedaban cuatro minutos.
Un minuto. La impaciencia hacía que los soldados mirasen a su alrededor con temor. En cualquier momento las tropas del Caos podrían darse cuenta de su despliegue y organizar un asalto. Y en campo abierto eso...
- ¡Allí! - uno de los soldados señaló hacia el cielo. Tres puntos se perfilaban sobre el fondo de nubes. Descendían velozmente.
En otra parte, varios kilómetros al norte, más ojos vieron los tres puntos. Los oficiales gruñeron órdenes apresuradamente. Las tropas se prepararon para el combate. Una leve sonrisa asomó en el pálido rostro del comandante del destacamento. Sus desiguales y amarillentos dientes asomaron entre los deformados labios, y su garganta emitió un gorgoteante sonido en una extraña parodia de risa que retumbó dentro del casco metálico color rojo y bronce.
Frente a Eco Dos los soldados vieron descender el primer transporte. Cuando tocó el suelo un grito de alegría y alivio fue ahogado por el ruido de los motores. En cuanto el tren de aterrizaje tocó el suelo las compuertas principales se abrieron y comenzaron a escupir tropas de refuerzo y suministros. Varios sentinels de carga se afanaron en apilar caja tras caja alrededor de las puertas del fortín mientras los soldados las metían apresuradamente en las instalaciones. El segundo transporte aterrizó cuando el primero casi había despachado toda su carga. El tercero no tuvo oportunidad de hacerlo.
Sucedió casi a cámara lenta. El teniente y su escolta oyeron el primer silbido. Otros soldados también lo escucharon, y casi medio centenar de pares de ojos siguieron la aparentemente lenta trayectoria del misil. Impactó en el lado de babor. Un destello iluminó el transporte, y durante un momento pareció que no había ocurrido nada. Luego se desató el infierno.
El casco se abrió desde el lugar del impacto, y la fuerza de la explosión de las municiones que transportaba desmenuzó la nave en millones de pedazos. Un enorme paraguas de fuego cubrió la zona. Los soldados en tierra se vieron aplastados contra el suelo por la fuerza de la onda expansiva. Los que estaban justo debajo murieron instantáneamente cuando los restos de la explosión les alcanzaron.
El primer transporte, ya vacío, alzó el vuelo en medio de una lluvia de cascotes incandescentes, sólo para ser alcanzado por otra andanada de misiles mientras trataba de huir hacia el espacio. Dando bandazos y soltando humo se perdió en el horizonte, donde poco más tarde se estrellaría.
El segundo transporte ni siquiera llegó a alzar el vuelo, y en verdad fue una suerte. Otra andanada de misiles inutilizó sus motores, dejándolo varado en tierra. Parte de los soldados que lo descargaban murieron al detonar parte de su carga. En menos de treinta segundos los tres transportes habían desaparecido o estaban inutilizados.
El teniente vio como su sargento trataba de poner orden entre los soldados, aún aturdidos igual que él. Poco a poco el pitido que atronaba sus oídos fue cediendo. Durante un segundo deseó que continuase. El pitido fue cambiando, volviéndose más grave y retumbante. El suelo temblaba por la vibración. Al norte, saliendo de entre los cráteres y escombros que formaban el terreno circundante, una marea viviente llenó el horizonte.
A derecha e izquierda las baterías de Eco Uno y Tres comenzaron a escupir líneas de proyectiles trazadores y misiles, impactando contra la oleada de tropas enemigas. El teniente se giró para mirar su propio fortín, preguntándose por qué sus baterías no se unían al fuego. Al menos una de ellas había sido arrancada completamente. Un fragmento del transporte que estalló supuso. Otra echaba humo a causa de los daños causados por la lluvia de cascotes. La tercera permanecía simplemente en silencio.
- ¡Señor! ¡Señor! - no oyó a su sargento - ¡Teniente! ¡Maldita sea, se nos echan encima! - por fin, reaccionó, mirando hacia donde señalaba el veterano suboficial. La marea de tropas del Caos estaba a punto de trabar contacto con la primera línea del perímetro que habían formado sus soldados para proteger los transportes.
- Que se replieguen... - dijo vacilante - ...tenemos... ¡Maldita sea, todos adentro! ¡Al fortín! - La orden tampoco hacía falta, ya que la mayoría de las tropas habían iniciado ya la carrera hacia las puertas. Sólo la primera línea permanecía en su puesto, ya que sabían que no podrían alcanzar los muros del puesto Eco Dos antes de que los soldados del Caos se les echaran encima. "No... un momento...", pensó el teniente.
- ¡Sargento! - su suboficial le miró - ¡Que no entren! ¡Hay que mantener la línea! ¡Necesitamos esos suministros dentro, y hay que ayudar a aquellos soldados! - dijo señalando la primera línea, que ya intercambiaba disparos con los soldados del Caos.
- ¡Tercer Pelotón! ¡Conmigo! - y sin esperar respuesta, el sargento corrió a reforzar la primera línea. El Tercer Pelotón, tras un segundo de vacilación, corrió tras él.
- ¡Segundo Pelotón! ¡Terminen de descargar los suministros! - Rogó al Emperador para que el Primero y el Tercero aguantasen el embate del enemigo lo suficiente como para poder replegarse ordenadamente.
En lo alto de un promontorio, a una distancia relativamente segura, la risa del comandante enemigo volvió a escaparse por los respiradores de su roja armadura. Podía ver cómo sus grotescos y deformados seguidores avanzaban casi sin detenerse hacia el fortín. Sólo unos cuantos huecos en sus líneas delataban los puntos en los que los cadianos estaban resistiendo. Con un ademán de la mano olvidó a los cultistas, que no eran más que carne de cañón, y centró su atención en las tropas que le esperaban tras el promontorio.
Los cinco transportes rhino, con los emblemas de las legiones traidoras, esperaban con los motores en marcha. Medio centenar de marines de caos esperaban las órdenes de su comandante. Sólo dijo "¡En marcha!". Y embarcaron en los transportes.
Frente al fortín, los cadianos resistían a duras penas el asalto enemigo. Las dos baterías restantes habían comenzado a disparar. Una de ellas apenas podía moverse. El teniente supuso, acertadamente, que debían estar manejando la torreta manualmente. Los proyectiles de cañón automático barrían sin cesar las líneas del Caos. Cogió el transmisor que le mantenía en contacto con su sargento.
- Sargento. Empiecen a replegarse - El segundo pelotón había terminado de descargar el dañado transporte, y ahora estaban parapetados a su alrededor dando apoyo a sus compañeros más adelantados. El teniente incluso vio a varios tripulantes de la nave que habían cogido rifles disparar contra las tropas del Caos.
Ordenadamente el primer pelotón empezó a retroceder mientras el tercero le cubría. A continuación, intercambiando los papeles, el primero se detuvo para cubrir la retirada del tercero. Poco a poco fueron replegándose hacia el transporte donde les esperaban sus compañeros.
- ¿No vamos a ayudarles? - preguntó el exarca mientras Sayëan miraba la pantalla. Sabía que el Kano Ëaressi sentía cierta simpatía por los cadianos - Los marines traidores pronto se les echarán encima desde las colinas.
Sayëan miró por encima de su hombro al exarca. Ambos sabían que su misión era otra, y que además, en medio de tanta confusión probablemente ambos bandos les atacarían en cuanto interviniesen. A pesar del silencio dentro del transporte de mando del destacamento de Sayëan las pantallas dejaban constancia del caos que reinaba ahí afuera. El Kano sonrió con tristeza ante el juego de palabras.
- Intercepta las comunicaciones imperiales - dijo al guardián de la consola de comunicaciones - Diles que una columna de transportes les atacará por el noroeste - esperaba que eso fuese suficiente - En gótico - recalcó Sayëan.
Siguió mirando las pantallas mientras el guardián de comunicaciones cumplía la orden. Oyó como daba el aviso en gótico alto, sin apenas acento. Sabía que al otro lado de la línea se preguntarían quién hablaba.
- Kano, el oficial al mando exige una identificación. No nos creen - Sayëan frunció el ceño. Cogió un micrófono conectado a la consola y meditó unos segundos.
- ¡Mueva a sus hombres, maldito estúpido! ¡Una columna de marines está a punto de atacarles por el flanco izquierdo! - En el compartimento del transporte todos se sobresaltaron ante las palabras del Kano Ëaressi, que habló en el gótico más bajo que recordaba. Al otro lado permanecieron en silencio.
- Si se trata de una broma... - la voz del teniente sonaba furiosa. De fondo se escuchaban disparos y explosiones.
- No es una broma, Soldado - Esta vez Sayëan habló en gótico alto.
- Se están moviendo - anunció el oficial de sensores - Está desplazando armas pesadas al flanco.
- Bien hecho Soldado - Sayëan hizo una señal al guardián de comunicaciones para que cortase.
- ¿Quién diablos...? - La línea se cortó.
El primer rhino apareció como por ensalmo a apenas unos cientos de metros de las líneas imperiales. Los artilleros de las dotaciones se sorprendieron de su aparición. El teniente no había explicado por qué debían cambiar de posición, pero parecía que había previsto la aparición de los transportes. Sin dudarlo, abrieron fuego.
Dentro del tercer rhino, el comandante del destacamento gritó de frustración cuando vio volar en pedazos el primer vehículo de la columna. El segundo, tratando de esquivar los restos acabó en una zanja y volcó. El conductor del vehículo de mando, más experimentado, viró bruscamente y se cubrió de la andanada láser tras unos escombros. El cuarto no tuvo tanta suerte, impactado de lleno por un misil. El quinto tuvo tiempo de esconderse tras un terraplén. Varios disparos de mortero, procedentes de Eco Uno, remataron el rhino volcado.
En unos segundos su asalto había sido desbaratado. Sólo sobrevivían dos rhinos. Veinte marines, de 5 transportes y 50 soldados. Presa de la rabia, el comandante hizo desembarcar a su escolta y dio orden a la otra escuadra superviviente de que hiciese lo mismo. De un modo u otro asaltaría ese fortín. Kars Galedon ya había resistido bastante. A su orden, los veinte marines, él incluido, cargaron hacia las líneas imperiales.
El rugido sorprendió a los artilleros. Después de la euforia inicial por acabar con los transportes no esperaban una carga a la desesperada. Dispararon contra las dos escuadras que corrían hacia su posición, pero los blancos eran demasiado rápidos y pequeños y sólo lograron alcanzar a unos pocos. Pronto acortaron distancias. Incluso podían oír el zumbido mecánico de las espadas sierra. Los proyectiles de bólter empezaron a impactar a su alrededor. Respondieron con el fuego de los rifles y las armas pesadas, pero ya era tarde. Los doce marines supervivientes despedazaron a las dotaciones.
Con un grito triunfal el comandante señaló hacia el fortín, donde los cadianos ya se habían replegado alrededor de las puertas resistiendo el empuje de los cultistas. Los marines cargaron de nuevo.
- ¡Los marines! ¡Disparen a los malditos marines! - gritó el teniente por la radio, tratando de llamar la atención de sus baterías. En Eco Uno escucharon el aviso y comenzaron a disparar, abatiendo a los cultistas que ahora rodeaban el avance de los marines, que incluso se abrían paso destrozando a sus propias tropas.
- ¡Adentro, todos adentro! - ordenó el teniente - ¡Hay que cerrar las puertas! - los marines se les echaban encima. Sólo quedaban siete.
Por fin, una de las baterías de Eco Dos hizo blanco. Una explosión de plasma envolvió a los marines supervivientes. Los cultistas, al ver caer a los marines, se detuvieron en seco. Sólo esporádicos disparos rompieron el silencio, que duró unos segundos mientras el plasma se disipaba después de vitrificar el terreno alrededor de los marines traidores. El teniente suspiró casi aliviado, pero el aire no terminó de salir de sus pulmones. Algo estaba en el lugar donde sólo deberían quedar restos fundidos.
Era grande. Lo más grande que habían visto nunca. Les miró con una expresión mezcla de desdén y furia. Las baterías comenzaron a disparar, pero los disparos no causaron daño alguno. Los soldados corrieron hacia las puertas, que empezaban a cerrarse. El teniente y su pequeña escolta fueron los últimos en llegar. Tuvo que ordenar al sargento que entrase, o se habría quedado a esperarle. Se volvió para mirar hacia el enemigo.
El demonio era casi tan alto como las puertas, diseñadas para que pudiese pasar un tanque baneblade. En ese instante deseó tener uno al lado. El demonio le miró fijamente y el terror le invadió. Ni siquiera se dio cuenta de la explosión de sus baterías, abatidas por las armas pesadas de los cultistas, que con renovado valor reiniciaron el asalto al ver a su señor.
- ¿Quién...? - preguntó la bestia en una mezcla de gruñido y trueno. El teniente reaccionó gracias al instinto y el entrenamiento, ya que su mente estaba paralizada por el miedo. Alzó la pistola y disparó sin pensar siquiera que era imposible causar daño al demonio con esa arma. Con una carcajada el demonio levantó su hacha, pero un zumbido estridente, casi un chillido, hizo que detuviese el arma en el aire. Giró la cabeza y miró por encima de su deforme hombro. El teniente también miró tras la bestia.
La nube de brillantes objetos alcanzó al demonio en el torso, cortando la demoníaca carne en multitud de pedazos. Sólo se escuchó un borboteo quejumbroso saliendo de la garganta cercenada por los afilados proyectiles. Una fina lluvia de sangre, negra y espesa, cayó sobre el teniente y su escuadra. El nauseabundo olor se abrió paso a través del humo del combate.
Los proyectiles atravesaron el cuerpo y fueron a incrustarse en los muros del fortín, penetrando profundamente. El demonio se tambaleó, con el torso destrozado. La sangre salía a borbotones por los cientos de cortes. La mandíbula le colgaba a un lado, casi arrancada. El brazo que sostenía el hacha aún permanecía milagrosamente alzado, mientras que el otro yacía en el suelo, cortado a la altura del codo, y las alas estaban hechas jirones. La destrozada cabeza giró para volver a mirar al teniente y emitió un ronco rugido. El teniente escuchó un ligero click a su espalda. Al darse cuenta de su significado se agachó y pegó el cuerpo al suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos.
El misil impactó a bocajarro, destrozando lo que quedaba del torso y esparciendo los pedazos alrededor de la entrada del fortín. El teniente levantó la cabeza y vio como el hacha caía al suelo, clavándose a un par de metros de él. Oyó un grito de júbilo y, al girar la cabeza para mirar hacia la puerta, vio a sus hombres salir corriendo del fortín para perseguir a los cultistas que viendo a su señor muerto ya habían empezado a huir. En medio de la puerta, el sargento sostenía sonriente el humeante y vacío tubo del lanzamisiles.
Apenas cinco minutos más tarde el teniente daba su informe al Puesto de Mando. El sargento le hizo una seña negativa cuando iba a preguntar por el desconcertante aviso por radio. Tampoco mencionó las ráfagas de proyectiles que ahora estaban incrustados en los muros de Eco Dos. Cortó la comunicación después de recibir una felicitación de su comandante en jefe. Miró al sargento.
- ¿Quién...? - le susurró. Pero recibió una respuesta distinta a la que recibió el demonio: El sargento simplemente se encogió de hombros y dándose la vuelta se fue a buscar a algún soldado remolón al que gritarle, dejando a su teniente mirando, sin ver, por la ranura del búnker que daba al exterior. El cielo parecía un poco menos gris.
Cincuenta kilómetros al nordeste de Eco Dos los dos transportes Ëaressi volaban a toda velocidad, contorneando el terreno a apenas diez metros del suelo y protegidos por sus campos de ocultación. En el transporte de mando Sayëan se alegraba de haber ordenado disparar sólo una andanada de misiles shúriken. Con un suspiro ordenó al piloto que acelerase para alcanzar a los otros cuatro transportes, que ya esperaban alrededor de megalito. Si, definitivamente le caían bien los cadianos.
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